El afán de Lula da Silva de ser amigo de todos los gobiernos, incluyendo Irán, ha caído mal en Europa y EE.UU.
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Por John Lyons- Wall Street Journal
Hace un año, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, le dio la bienvenida a su colega brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, a las grandes ligas de las relaciones internacionales al llamarlo “el político más popular sobre la faz de la Tierra”.
Pero aunque el presidente Lula da Silva sigue siendo significativamente popular en su país, está descubriendo que su estatus de superestrella global es más difícil de mantener. En los últimos meses, el antiguo líder sindical de 64 años ha sido condenado por disidentes cubanos en La Habana, ignorado por el ministro de Relaciones Exteriores de Israel, criticado por un grupo de derechos humanos en Ginebra y reprendido por los líderes de EE.UU. y Europa por el apoyo de Brasil a los planes de enriquecimiento de uranio de Irán.
Algunas de estas abolladuras en su imagen son el resultado inevitable de la creciente importancia de Brasil en el escenario mundial; después de todo es fácil no cometer errores cuando nadie le presta mucha atención a lo que hace. Pero a medida que aumenta la influencia del país latinoamericano, también ha subido el escrutinio global de sus líderes.
No hay duda de que Brasil es mucho más influyente que antes. Fue vital en conseguir que avanzara el debate sobre la arquitectura financiera global en los foros del G7 y el G20, que incluye a Brasil, India y otras economías emergentes. El país también ha asumido un papel estelar en las negociaciones de la Organización Mundial de Comercio y en 2008 ayudó a aliviar las tensiones regionales después de que Colombia bombardeara un campo de guerrilleros en territorio ecuatoriano. Incluso el fin de semana pasado, Brasil sirvió de facilitador en la liberación de dos miembros del ejercito colombiano secuestrados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc. El Ejército brasileño aportó estabilidad a Haití después de asumir las labores de mantenimiento de la paz en 2004 y ahora está a la vanguardia de la reconstrucción después del terremoto.
Sin embargo, una serie de recientes salidas en falso en sus relaciones exteriores ha generado nuevas tensiones con Estados Unidos y ha planteado dudas en Brasil sobre la capacidad de sus líderes para ser protagonistas globales.
“Quizás es nuestra inexperiencia en el escenario mundial, combinada con las ansias del gobierno de Lula da Silva de proyectar el peso geopolítico del país cueste lo que cueste, lo que nos llevó a cometer una serie de errores y seguir un sendero poco prudente”, dijo Otavio Frias Filho, director del diario Folha de São Paulo, en un reciente editorial.
Por ejemplo, Brasil está cultivando una reputación de ser indiferente a los abusos de los derechos humanos, algo sorprendente para una democracia pacífica que salió de una dictadura militar en 1985.
“Aparte de los países no democráticos como China, Brasil se ha convertido en el país que más obstaculiza el avance de las libertades y derechos humanos universales”, dijo José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch para el continente americano.
Bajo una estrategia de forjar lazos con naciones pobres, Brasil se ha abstenido o ha diluido resoluciones de derechos humanos emitidas por las Naciones Unidas dirigidas a países como Sri Lanka, Corea del Norte y la República Democrática del Congo.
Un ejemplo fue el comportamiento de Lula da Silva en La Habana en febrero, un día después de que un prisionero político muriera tras una huelga de hambre de 86 días. Fotografiado departiendo alegremente con Fidel Castro, el presidente brasileño defendió el derecho de Cuba a arrestar a los oponentes políticos y comparó a los huelguistas con criminales comunes.
Roberto Abdenur, ex embajador de Lula da Silva ante EE.UU., dijo que la defensa de países como Cuba a expensa del historial de derechos humanos de Brasil es evidencia de que su política exterior está siendo controlada por los ideólogos de izquierda en el Partido de los Trabajadores, una tendencia que podría empeorar si el partido se mantiene en el poder en las elecciones de este año.
Contraproducente
En respuesta, funcionarios brasileños insisten en que Lula da Silva no habla sobre asuntos de derechos humanos debido a una política de no intervención en los asuntos internos de otros países.
Los críticos dicen que la estrategia está volviéndose contraproducente y argumentan que muestra a Brasil como amoral e incapaz de entender la seriedad de algunos asuntos globales. Sin mencionar que podría ser imposible mantenerse como amigo de todo el mundo.
Lo que está llamando la atención es el acercamiento del país al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad. Brasil se opone a las sanciones de Naciones Unidas que buscan que Irán no construya una bomba nuclear, argumentando que las sanciones podrían volverse en su contra.
Lula da Silva fue duramente criticado en todo el mundo por recibir a Ahmadinejad en Brasil, justo después de que el líder iraní ordenara reprimir a los manifestantes que se oponían a su reelección.
Mientras tanto, en ciertos casos, Brasil parece simplemente estar fuera de su elemento. Un ejemplo es lo que sucedió el año pasado luego del golpe de estado en Honduras. Dejando a un lado su política de no intervención, Brasil se involucró en la disputa con la esperanza de devolver al poder al presidente depuesto, Manuel Zelaya. Brasil permitió que Zelaya y varios de sus simpatizantes se refugiaran en su embajada en Tegucigalpa, con lo que perdió peso como mediador neutral.
“Brasil está en la agenda en formas en las que nunca lo había estado antes”, dijo Leslie Bethell, una historiadora y profesora del Instituto Brasil del Centro Woodrow Wilson en Washington. “Pero algunas veces hay un sentido de exageración…”.
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