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Por: LA CHACHI
Cuando era niña en mi país centroamericano, a menudo llegaban a mi puerta algunas personas pidiendo centavos, comida o lo que uno quisiera o pudiera darles.
Mi madre me enseñó también que, cuando fuera medio día o tarde ya, si un vendedor ambulante pasaba tocando la puerta ofreciendo sus productos, había que darles al menos un refresco. Me decía que son personas que se ganan la vida caminando, bajo el sol y la lluvia, y muchas veces no venden nada como para comprarse un plato de comida.
Mi abuelita decía que a veces Dios se nos aparece en distintas formas, y que debemos ser siempre buenos y amables con las personas, especialmente con los menos afortunados. Eso siempre trato de llevarlo en mi corazón y en mis hábitos.
Mi niñez fue un tanto solitaria. Tendría yo unos 10 años de edad, cuando empezó a frecuentarme una viejecita gordita de ojos muy dulces y que, ayudada por un bastón, caminaba a pasitos cortos y cansados. Su forma de vestir no era descuidada ni sucia y siempre usaba un pañuelito en la cabeza. Recuerdo que tocaba a mi puerta y me pedía, con gran amabilidad, que le regalara unos centavitos o algo de comer.
Me estremecía el corazón el verla, pero su dulce mirar y su sonrisa me llenaban de sentimientos encontrados, que se conjugaban entre la compasión y la alegría.
Acostumbraba pasar por las tardes cuando yo ya había llegado del colegio, y la hacía entrar al jardín para platicar con ella. Quería quedármela, adoptarla, qué sé yo. Pero siempre me daba las gracias muy cortesmente y se iba. Mi corazón se quedaba triste, pero satisfecho de habernos concedido un momento para compartir. Yo, en mi niñez lozana e inocente, y ella, en su vejez dulce y paciente.
Cuando no pasaba por mi casa, me sentía acongojada y siempre me preguntaba ¿dónde viviría, de dónde vendría, quién sería su familia?. Alguna vez se lo pregunté, pero nunca me dio una respuesta clara. Creo que tampoco yo quería saberlo realmente, porque no deseaba aceptar que alguien no pudiera acompañar a esa viejita y disfrutar de su amabilidad y su dulzura.
A veces también pasaba algún sábado, pero casualmente era yo quien siempre abría la puerta cuando tocaba. Creo que la presentía.
Un mediodía, la señora llamó a la puerta y mi madre la vio por la ventana. Con una gran sonrisa me dijo: – Vé a abrir, es tu viejita.
Mi madre se paró a vernos por la ventana un par de veces y me pareció un poco raro que no interviniera en nuestra conversación. Simplemente observaba cómo entraba y salía yo de la casa en busca de comida para compartir con la ancianita.
Llegué a esperar sus visitas con gran ilusión. La invitaba a pasar a la sala de mi casa, que era muy sencilla también, pero siempre decía que no, que prefería sentarse entre las florecitas de nuestro pequeño jardín.
Se llegó el día que jamás imaginé: Ese día en que ella no llegó nunca más. De seguro falleció. Me puse muy triste y mi madre me consoló. Nunca más pude escuchar su vocecita pausada y carrasposita, ni ver sus ojos llenos de ternura.
Pero lo raro fue que yo pregunté a todos mis vecinos si alguna vez la habían visto, o había tocado a su puerta, y me dijeron que NO. Sólamente mi madre la vio conmigo.
¿Quién era? No sé. Y aún se me estremece el corazón al recordarla. Llevo grabada su mirada dulce, su sonrisa, su voz y hasta su suave aroma de ancianita, que llenaban mis tardes solitarias. Si acaso alguien la conoció, dígame quién era.
A veces pienso que la adorable visitante, pudo haber sido una proyección de mí misma o, tal vez… en la otra vida, tenga un ángel más que está pidiendo siempre por mí. !Dios así lo quiera!























