María Elvira Samper
En las democracias modernas hay alternancia en el poder, la popularidad de los gobernantes no es endosable y la política se juega en torno al centro.
Me da envidia de la buena lo que acaba de suceder en Chile y no por el timonazo a la derecha, sino por la forma en que se produjo. No había terminado el recuento de votos —iba en el 60 por ciento—, cuando el candidato de la Concertación, el ex presidente Eduardo Frei, reconoció la derrota y en actitud democrática y por demás caballerosa acudió a la sede del ganador Sebastián Piñera para reconocerle el triunfo.
Y cabe destacar también el ejemplo que dio la presidenta Bachelet al rechazar cualquier intento de modificar la Constitución para hacer posible su reelección, pese a que su 81 por ciento de popularidad le habría servido para allanar el camino para apoltronarse en el poder. Pero no, ella conoce, y muy bien, los riesgos que implican los gobiernos que, por las buenas o por las malas, se prolongan más allá de lo conveniente. Chile aprendió con la sangre y las lágrimas que le significaron los 17 años de la dictadura de Pinochet, el enorme valor de la democracia, según Churchill “el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”.
Me da envidia de la buena el mutuo respeto que mostraron los candidatos y la reacción de los voceros de la Concertación que hizo la difícil transición a la democracia hace 20 años. Pese a la derrota, la presidenta Bachelet puede salir con la cabeza en alto y a Frei, que tuvo que liderar una alianza desgastada y fragmentada, los chilenos le reconocen que gracias a su tenacidad —y al empujón de última hora del Gobierno— logró recortar la amplia ventaja que le llevaba Piñera para conseguir más del 48 por ciento de los votos, lo cual, sin duda, disminuye significativamente el impacto político de la derrota. Vendrán después las cuentas de cobro e incluso existe la posibilidad de que la coalición se desbarate. Pero esa es otra historia.
Algunos analistas aseguran que el triunfo de Piñera debe verse como resultado de una lección aprendida por la derecha, que entendió las negativas consecuencias de despreciar y subvalorar el papel de los partidos, y de buscar apoyo en personalidades carismáticas, como fue el caso de Jorge Alessandri en 1958, que hasta la del domingo pasado fue la última gran victoria electoral de la derecha. Sostienen, además, que tras la dictadura de Pinochet y restablecida la democracia, los partidos de derecha tuvieron que aprender a competir, pues como eran más de opinión que de clientela muchas veces privilegiaron en exceso sus propios proyectos en detrimento de la colaboración, error que les costó dos elecciones presidenciales.
El cambio significa para unos y otros nuevos retos. La nueva coalición gobernante, de centro-derecha, debe entender que no puede darse el lujo de arriesgar su unidad por pugnas menores, y que debe hacer hasta lo imposible para mantener el espíritu de inclusión de la campaña. De eso parece estar consciente Piñera, que se declaró partidario del diálogo y de los grandes acuerdos, necesarios para enfrentar problemas no superados —pobreza, delincuencia y educación—, y quien anunció que su gobierno será de unidad nacional. Por su parte, la Concertación, de centro-izquierda, deberá resistirse a la tentación de girar en exceso hacia la izquierda si no quiere comprometer sus éxitos del pasado y si aspira, como es lógico, a recuperar el poder dentro de cuatro años.
El desafío no es menor y por lo pronto cabe destacar que el triunfo de Piñera es la reafirmación de un principio central de la democracia: la alternancia en el poder. Que la popularidad de los gobernantes no es endosable y que las democracias modernas se juegan en torno al centro. Me da envidia de la buena la gran lección que acaban de darnos los chilenos.
* Titular de Long Island Al Día








