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Honduras fue el país que dio origen a la expresión ‘República bananera‘. La influencia de las multinacionales fruteras estadounidenses en esa nación centroamericana hizo que a comienzos del siglo XX se le diera ese apodo, que después se extendió a toda Latinoamérica. Sin embargo, la semana pasada demostró lo opuesto. Las elecciones presidenciales del domingo 29 de diciembre, aunque parezca paradójico, fueron la prueba de una madurez institucional que pocas veces se ha visto en esa parte del mundo.
La dilatada crisis política hondureña comenzó el 28 de junio, cuando el presidenteManuel Zelaya fue sacado de su cama, en la madrugada, por soldados del Ejército que lo metieron, todavía en piyama, a un avión con destino a Costa Rica. Esa acción fue inicialmente interpretada como un golpe tradicional latinoamericano: el clásico cuartelazo que todo el mundo creía superado en la región. Liderados por el presidente venezolano,Hugo Chávez, que se había convertido en el padrino político de Zelaya, casi todos los países del continente se sumaron a la condena, incluido Estados Unidos. Muy pronto, el gobierno de facto de Roberto Micheletti, quedó aislado.
Sin embargo, poco a poco fueron saliendo a flote detalles que comenzaron a explicar que lo ocurrido en ese país centroamericano no era tan claro. Porque a pesar de que la manera impresentable como fue expulsado del país, Zelaya era quien en realidad estaba dando un golpe de Estado.
La razón es que ‘Mel’, como lo llaman sus amigos, se empecinó en reformar la Constitución para que le permitiera ser reelegido. Para ello organizó un referendo para convocar una Asamblea Constituyente, pero dejó de lado un detalle no propiamente menor. En efecto, exasperados por su época de republiqueta, los hondureños habían acordado en 1982 que el artículo que prohibía la reelección sería pétreo, es decir, irreformable. Y para asegurarse de que eso fuera así, elevaron a categoría de traición a la patria cualquier tentativa de cambiar esa regla. Así que para los juristas hondureños no fue una sorpresa que la Fiscalía y el Tribunal Supremo Electoral declararan ilegal la consulta, que Zelaya comenzó a vender como una simple “encuesta”.
Pero Zelaya, envalentonado por su reciente alineación con las huestes internacionales del presidente venezolano, Hugo Chávez, quiso seguir adelante. Cuando el jefe del Ejército, citando la Constitución, se negó a distribuir las urnas y papeletas enviadas desde Caracas, Zelaya lo destituyó. En respuesta, la Corte Suprema ordenó reintegrarlo mientras el Tribunal electoral, por su parte, decidía confiscar las papeletas. Zelaya ignoró las advertencias y trató de recuperarlas de la base aérea donde estaban, acompañado por una turba de simpatizantes.
Zelaya estaba siguiendo la corriente bolivariana de Hugo Chávez, que incluía, entre otras cosas, perpetuarse en el poder. Entonces, a escasas horas del referendo, el Ejército lo expulsó del país, supuestamente por orden de la Corte Suprema, y asumió el poder su reemplazo constitucional, el presidente del Congreso, Roberto Micheletti, del mismo partido liberal de Zelaya.
En ese momento todo el mundo estaba contra Micheletti, incluido el gobierno de Barack Obama, temeroso de ser acusado de regresar a las épocas en que apoyaba a los golpistas que le convenían. Pero la mayoría del pueblo hondureño y la totalidad de sus instituciones lo apoyaban. A pesar de la incomprensión internacional, sabían que era necesario ponerle ese tatequieto al intervencionismo de Chávez, que desde el comienzo se convirtió en una obsesión. Ya en los primeros días había grafitos que decían “Preferimos seis meses de aislamiento a 20 años de dictadura chavista”.
Después vino el temerario regreso de Zelaya, que lleva más de dos meses refugiado en la embajada de Brasil. Sabía que el tiempo jugaba en su contra, pues las elecciones presidenciales del domingo pasado eran la salida que muchos hondureños esperaban ansiosos. Las negociaciones entre Zelaya y Micheletti nunca llegaron a buen puerto, aunque llegaron a un acuerdo, auspiciado por Washington, que dejaba en manos del Congreso la restitución de Zelaya, exigida por una parte importante de la comunidad internacional, incluido Washington.
El arreglo fue un espejismo, pues mientras Zelaya esperaba regresar al poder antes de las elecciones, el Congreso sólo discutió el tema de su restitución el 2 de diciembre, después del triunfo electoral de Porfirio Lobo. En cualquier caso, la votación del domingo 29 de noviembre, que superó la de las últimas presidenciales en las que Zelaya había ganado con una ventaja de apenas 76.000 sufragios, y el voto del miércoles en el Congreso, donde una abrumadora mayoría de los legisladores se manifestó en contra de restituir a Zelaya, confirmaron la debilidad del hombre del sombrero Stetson. “Era bastante esperable que un porcentaje adecuado, no abrumador, de hondureños iban a votardijo kevis Casas-Zamora, ex vicepresidente de Costa Rica e investigador de The Brookings Institution-. El boicot que pidió Zelaya para las elecciones no sucedió. Son demasiadas pruebas de que él tiene un apoyo muy limitado en Honduras”.
Desde el comienzo, el Congreso, el Ejército, las Cortes y los partidos políticos apoyaron casi con unanimidad al gobierno de facto. A pesar de algunos abusos, Micheletti ha sido un ‘dictador’ bastante inusual: era el siguiente en la línea de sucesión, no pretende quedarse en el poder, asegura respetar la separación de poderes e hizo todo lo posible por sacar adelante las elecciones y por que estas fueran aceptadas. Unos comicios que, dicho sea de paso, habían sido convocados mucho antes de la expulsión de Zelaya, transcurrieron en relativa calma y en los que, para rematar, ganó Porfirio Lobo, del opositor Partido Conservador. En todo caso, ganara quien ganara, ya era obvio que Chávez no iba a tener un amigo en Tegucigalpa.
Y los países que habían tratado de mediar comenzaron a destapar sus cartas. A pesar de la presión de Chávez, varios países terminaron por aceptar las elecciones, comenzando por Estados Unidos, el principal socio comercial de Honduras. Costa Rica, Colombia y Panamá hicieron lo propio. Fuera de los gobiernos incondicionales de Chávez, otros escépticos como Brasil, que terminó metido de cabeza por cuenta del inesperado huésped de su embajada, han comenzado a preparar el terreno para cambiar eventualmente de posición. “Tarde o temprano, excepto los países del Alba, los otros que no han reconocido la elección, como Brasil y Argentina, terminarán reconociéndola”, asegura Casas-Zamora.
Al final, la crisis hondureña demostró que la democracia plebiscitaria con afanes reeleccionistas, que ha hecho carrera en el continente, no pudo adueñarse de Honduras. El aislamiento internacional ya no parece una amenaza para sus ciudadanos y es prácticamente imposible que Zelaya regrese al poder. Según el diario O Estado de Sao Paulo, podría pedir asilo en los próximos días en Nicaragua, otro país de la órbita chavista. Allí será mejor recibido que en su propio país, donde los controles constitucionales supieron aguantar el chaparrón para impedirle salirse con la suya.
















