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La Importancia de las Minorías en el Campo Político

Posted on 09 March 2010 by jesus

minorias

Servicios de Long Island Al Día
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De un editorial de Diario Las Américas

La mayoría en una consulta electoral determina una victoria que no debe considerarse como una derrota humillante o esclavizante para la minoría. En el campo de las elecciones caben los que triunfan y los que pierden, sin que esto signifique que los que pierden queden reducidos a una subordinación absoluta dentro de la cual no prevalecen sus derechos sustanciales.

La minoría, aunque fuese pequeña con respecto a la mayoría, debe ser respetada en función de los derechos humanos y de la vigencia misma de la democracia representativa. Constituye un factor de equilibrio muy valioso en el campo político la labor de la minoría como freno para posibles abusos de la mayoría.

Lo dicho no significa que no tenga una gran importancia la influencia que debe ejercer en el país la mayoría triunfante. Lo que significa es que ese triunfo no debe considerarse como una fuerza destructora del equilibrio político del país. Dentro del sistema democrático hay derechos de las minorías consagrados por las constituciones que deben ser honradamente respetados. Cuando hay ausencia de ese respeto, se consolida una dictadura que es incompatible con el ideal y el sistema democrático.

Ahora bien, los que dirigen la minoría tienen el deber de rodear de prestigio de moral política su función dentro de los poderes públicos y también en el ancho campo de la opinión nacional. Ese prestigio le da fuerza al sistema democrático y obliga a la mayoría a actuar dentro de normas de conducta seria, positiva y también responsable.

Independientemente de la actuación de los que tienen actividades políticas beligerantes, hay que tener en cuenta a los ciudadanos en general aunque no necesariamente estén militando con gran actividad en los partidos respectivos. Ese gran sector de la opinión nacional tiene que llenar una misión muy significativa en el funcionamiento de las instituciones democráticas de la república. Los dos extremos, la mayoría y la minoría, deben sentirse vigilados por esos que no pertenecen a los partidos pero que son ciudadanos con sentido de responsabilidad patriótica. Su vigilancia con respecto a la vida nacional es necesaria para unos y para otros.

Todos los ciudadanos tienen el deber, sea cual fuese su actividad dentro del escenario político, de actuar con honradez ciudadana y con espíritu nacional.

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Chile, envidia de la buena: Ejemplo para izquierdas y derechas*

Posted on 23 January 2010 by jesus

Ganó Piñera

María Elvira Samper

En las democracias modernas hay alternancia en el poder, la popularidad de los gobernantes no es endosable y la política se juega en torno al centro.

Me da envidia de la buena lo que acaba de suceder en Chile y no por el timonazo a la derecha, sino por la forma en que se produjo. No había terminado el recuento de votos —iba en el 60 por ciento—, cuando el candidato de la Concertación, el ex presidente Eduardo Frei, reconoció la derrota y en actitud democrática y por demás caballerosa acudió a la sede del ganador Sebastián Piñera para reconocerle el triunfo.

Y cabe destacar también el ejemplo que dio la presidenta Bachelet al rechazar cualquier intento de modificar la Constitución para hacer posible su reelección, pese a que su 81 por ciento de popularidad le habría servido para allanar el camino para apoltronarse en el poder. Pero no, ella conoce, y muy bien, los riesgos que implican los gobiernos que, por las buenas o por las malas, se prolongan más allá de lo conveniente. Chile aprendió con la sangre y las lágrimas que le significaron los 17 años de la dictadura de Pinochet, el enorme valor de la democracia, según Churchill “el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”.

Me da envidia de la buena el mutuo respeto que mostraron los candidatos y la reacción de los voceros de la Concertación que hizo la difícil transición a la democracia hace 20 años. Pese a la derrota, la presidenta Bachelet puede salir con la cabeza en alto y a Frei, que tuvo que liderar una alianza desgastada y fragmentada, los chilenos le reconocen que gracias a su tenacidad —y al empujón de última hora del Gobierno— logró recortar la amplia ventaja que le llevaba Piñera para conseguir más del 48 por ciento de los votos, lo cual, sin duda, disminuye significativamente el impacto político de la derrota. Vendrán después las cuentas de cobro e incluso existe la posibilidad de que la coalición se desbarate. Pero esa es otra historia.

Algunos analistas aseguran que el triunfo de Piñera debe verse como resultado de una lección aprendida por la derecha, que entendió las negativas consecuencias de despreciar y subvalorar el papel de los partidos, y de buscar apoyo en personalidades carismáticas, como fue el caso de Jorge Alessandri en 1958, que hasta la del domingo pasado fue la última gran victoria electoral de la derecha. Sostienen, además, que tras la dictadura de Pinochet y restablecida la democracia, los partidos de derecha tuvieron que aprender a competir, pues como eran más de opinión que de clientela muchas veces privilegiaron en exceso sus propios proyectos en detrimento de la colaboración, error que les costó dos elecciones presidenciales.

El cambio significa para unos y otros nuevos retos. La nueva coalición gobernante, de centro-derecha, debe entender que no puede darse el lujo de arriesgar su unidad por pugnas menores, y que debe hacer hasta lo imposible para mantener el espíritu de inclusión de la campaña. De eso parece estar consciente Piñera, que se declaró partidario del diálogo y de los grandes acuerdos, necesarios para enfrentar problemas no superados —pobreza, delincuencia y educación—, y quien anunció que su gobierno será de unidad nacional. Por su parte, la Concertación, de centro-izquierda, deberá resistirse a la tentación de girar en exceso hacia la izquierda si no quiere comprometer sus éxitos del pasado y si aspira, como es lógico, a recuperar el poder dentro de cuatro años.

El desafío no es menor y por lo pronto cabe destacar que el triunfo de Piñera es la reafirmación de un principio central de la democracia: la alternancia en el poder. Que la popularidad de los gobernantes no es endosable y que las democracias modernas se juegan en torno al centro. Me da envidia de la buena la gran lección que acaban de darnos los chilenos.

* Titular de Long Island Al Día

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Brasil está en camino para ser uno de los países más ricos del mundo antes de 2050

Posted on 13 November 2009 by jesus

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Uno de los últimos en entrar en recesión y de los primeros en salir

Con EFE

Brasil podría convertirse en una de las cinco economías más potentes antes de mediados de siglo, según un informe especial sobre negocios y finanzas en el país sudamericano que publica el semanario The Economist  (Brazil takes off)). Según el avance de este informe, si la estabilidad política y económica de Brasil perdura, este país podría situarse en el club de las economías privilegiadas del mundo.

“Brasil está en racha”, dice el análisis de The Economist, que subraya que este país nunca se había visto antes en una situación en la que convivieran democracia, inflación controlada y crecimiento.

John Prideaux, autor del informe, comenta·

“Parece que muchas cosas positivas están sucediendo en Brasil en estos momentos”

“Todavía perduran muchos problemas. Otros países también se enfrentan a problemas similares, pero Brasil ha conseguido un progreso real”

“Gracias a esta nueva estabilidad, la mejor cara de Brasil tiene muchas más posibilidades de imperar”

Se destaca que Brasil fue uno de los últimos países en verse atrapado por la actual crisis económica internacional mundial y que ha sido uno de las primeros en salir de la recesión, viendo su economía reducida únicamente durante dos cuatrimestres.

Son muchos los datos que invitan al optimismo: el país es autosuficiente en cuanto a suministro petrolífero, va a conceder un préstamo al Fondo Monetario Internacional y uno de sus fondos de inversión extranjeros ha crecido en un 30 por ciento cuando este sector muestra un declive del 14% en el resto del mundo.

El informe especial examina cómo ha surgido este reciente éxito y cómo las empresas tanto nacionales como extranjeras pueden sacar provecho de la nueva estabilidad en el país.

El informe también aborda el lado oscuro de Brasil, citando a los olíticos corruptos, un sistema legal poco funcional y un índice de homicidios y asesinatos altamente preocupante.

En el otro extremo de la balanza, se menciona la capacidad de desarrollo legislativo que ha demostrado la nación en materia económica y de regulación de mercados financieros.

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Confesiones de un liberal*

Posted on 27 October 2009 by jesus

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Por Mario Vargas Llosa

Estoy especialmente reconocido a quienes me han otorgado este premio porque, según sus considerandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria, sino también por mis ideas y tomas de posición política. Eso es, créanme ustedes, toda una novedad. En el mundo en el que yo me muevo más, América latina y España, lo usual es que, cuando alguien elogia mis novelas o mis ensayos literarios, se apresure inmediatamente a añadir, “pese a que discrepe de”, “aunque no siempre coincida con”, o “esto no significa que acepte las cosas que él (yo) critica o defiende en el ámbito político”. Acostumbrado a esta partenogénesis de mí, me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristol que, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombre que escribe y el que piensa y en el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompible realidad.

Pero, ahora, para ser honesto con ustedes y responder de algún modo a la generosidad de la American Enterprise Institute, siento la obligación de explicar mi posición política con cierto detalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy –sería más prudente decir “creo que soy”– un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Como ustedes saben muy bien, liberal quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice y dónde se dice. Por ejemplo, mi añorada abuelita Carmen decía que un señor era un liberal cuando se trataba de un caballero de costumbres disolutas que, además de no ir a misa, hablaba mal de los curas. Para ella, la encarnación prototípica del “liberal” era un legendario antepasado mío que, un buen día, en mi ciudad natal, Arequipa, dijo a su mujer que iba a comprar un periódico a la Plaza de Armas y no regresó más a su casa. La familia sólo volvió a saber de él treinta años más tarde, cuando el caballero prófugo murió en París. “¿Y a qué se fugó a París ese tío liberal, abuelita?” “A qué iba a ser, hijito. ¡A corromperse!” No sería extraño que aquella historia fuera el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa. Aquí, en Estados Unidos, y, en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonancias de izquierda y se identifica a veces con socialista y radical. En América latina y en España, donde la palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra las tropas de ocupación napeolónicas, en cambio, a mí me dicen liberal –o, lo que es más grave, neoliberal– para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha mutado el significado originario del vocablo –amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión– reemplazándolo por la de conservador y reaccionario, es decir, algo que, en boca de un progresista, quiere decir cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo.

Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay un acuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Todos quienes han tenido ocasión de asistir a una conferencia o congreso de liberales saben que estas reuniones suelen ser muy divertidas, porque en ellas las discrepancias prevalecen sobre las coincidencias y porque, como ocurría con los trotskistas cuando todavía existían, cada liberal es, en sí mismo, potencialmente, una herejía y una secta.

Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas. Respecto a la religión, por ejemplo, o a los matrimonios gays, o al aborto, y, así, los liberales que, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar a la Iglesia del Estado, y defendemos la descriminalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza por otros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias son sanas y provechosas porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.

Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primeros propagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de las naciones y el fundamento de la civilización. No es verdad. Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía, y ésta, por sí sola, sin el sustento de aquella, puede producir sobre el papel óptimos resultados, pero no da sentido a la vida de las gentes, ni les ofrece razones para resistir la adversidad y sentirse solidarios y compasivos, ni las hace vivir en un entorno impregnado de humanidad.

Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas –entre las que, desde luego, puede incluirse la religión–, la que da calor y vivifica la democracia y la que permite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premios para el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que –la frase es de Isaiah Berlin– “los lobos se coman a todos los corderos”. El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a los vertiginosos adelantos que sabemos. Pero es, también, un mecanismo implacable que, sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes. Pues bien, el liberal que yo trato de ser cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica hasta la democracia representativa.

Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América latina.

Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Esta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas “desarrollistas” fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite.

Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza.

No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de los anarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones que no le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se ven vulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, como las ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social. La defensa del individuo es consecuencia natural de considerar a la libertad el valor individual y social por excelencia. Pues la libertad se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone el ciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas, es decir, por aquella “libertad negativa”, como la llamó Isaiah Berlin en un célebre ensayo.

El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo era sólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medida que el progreso material e intelectual permitía al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a lo largo de la historia, en esas doctrinas e ideologías que pretenden convertir la pertenencia de un individuo a una determinada colectividad en el valor supremo; la raza, por ejemplo, la clase social, la religión o la nación. Todas esas doctrinas colectivistas, el nazismo, el fascismo, los integrismos religiosos, el comunismo, son por eso los enemigos naturales de la libertad, y los más enconados adversarios de los liberales. En cada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir la civilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llama nacionalismo y fundamentalismo religioso.

*Conferencia en el AEI (American Enterprise Institute for Public Policy Research),Washington D.C., el 4 de marzo de 2005, al recibir el Irving Kristol Award.

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Operación: Tormento del DECI’ESTO

Posted on 15 October 2009 by jesus

elmer-palmaPor Elmer Palma*

Sucede en casi todos los países que practican las democracias mediocres, es una práctica brutal casi esclavizante para los supuestos elegidos del pueblo por que pierden toda decisión absoluta y soberana como servidores públicos. Se ven obligados a obedecer fielmente las órdenes superiores de las llamadas cúpulas y traicionar la voluntad del pueblo. Cuando deciden hacer la voluntad del pueblo que los eligió y son descubiertos por sus superiores, inmediatamente son relevados por otros mejores adoctrinados y sus carreras desmanteladas en un nefasto secreto que solo las altas dirigencias conocen.

Decí esto o no lo digás, o decilo así, levanta la mano, no la levantes, es todo un tormento político al que son sometidos. Aquello de “Padres de la Patria” lo sienten como una camisa que no les queda a la medida, por eso algunos ni corbata se ponen. Terminan luego en tiraderos de chatarra política frustrados y amargados asediados por su conciencia que les reclama con el diario vivir lo ineficaces que fueron cuando eran Diputados.Son los diputados de la Asamblea Legislativa en El Salvador, son escogidos por los partidos después de someterlos a una larga escuela de adoctrinamiento y que de acuerdo a su vocación leal, son estratégicamente ubicados a representar municipios que muchas veces ni conocen y que nunca han visitado, mucho menos viven en ellos.

En teoría representan a ese puñado de habitantes, pero en la práctica, están ahí para obedecer ciegamente y sin titubeos a lo que la cúpula del partido les indique. De acuerdo al número de votos, muchos de ellos son asignados a sus puestos como “propietarios” de algo que no les pertenece y, como burlándose de los que generan los votos, a otros los asignan por “residuos”, palabra asociada a lo sobrante, como si la voluntad de los que votan no fuese sagrada.Es lamentable, muy lamentable, y es la realidad de nuestra Democracia en El Salvador, una de las tantas mediocres que existen. En países desarrollados eso casi no sucede porque si el congresista no está de acuerdo en algo; tiene la potestad de expresar lo que piensa sin pedirle permiso a su partido. Así es como logran grandes acuerdos comunes en bien de la gente a la que representan, los pueblos los conocen, los respetan, les escriben, les sugieren, los buscan para que hablen por ellos en el gobierno.

Ellos a cambio viajan constantemente a buscar reelecciones con su gente, les consultan, les orientan, y hasta viven ahí, crecieron con sus votantes. Así complementan la cadena alimenticia de la Democracia Representativa.

En cambio en El Salvador, el diputado vive en zozobra pensando en que si su partido le dará otro chance en la próxima elección. Consultan cualquier decisión por teléfono, email y hasta por “Messenger” con la cúpula antes de levantar la mano, hasta una computadora tienen ahí en cada asiento para que hagan las consultas al instante con la central del partido, es común ver a diputados chateando a media sesión plenaria con el Blackberry, mientras a sus municipios apenas llegan los jocotes.

En los municipios, la gente no tiene ni la menor idea quien es su representante en la Asamblea, mucho menos le van a mandar una carta. El teléfono queda descartado por que sienten que nunca se los contestaría un diputado. Así se hacen las cosas en un país patas arriba, le guste a quien le guste, y si no le gusta mejor que no se asuste.

Dicen por ahí las malas lenguas que en cada gobierno de turno, según la tradición, sus diputados están en la planilla de la partida secreta del presidente como un sueldo adicional. Pero cada diputado tiene que seguir lo que se le indica en la hoja de instrucciones.En el pasado discurso ante la Asamblea General de la ONU, Funes medio mencionó lo del voto en el exterior para los con-nacionales, pero al escucharlo, a mí se me vino la frase que Tony Saca anunció a su llegada al poder, que su gobierno pavimentaría el camino para que los salvadoreños puedan votar desde el exterior, pero a la hora de los “quiuvos” sus diputados nunca desempolvaron los archivos donde se ha pedido de manera constante el voto para más de dos millones que viven fuera. Y Saca, que habló de pavimentar, ni siquiera terminó la Calle Diego de Olguín en Santa Tecla.

Ahora que Funes toca el tema, quisiera pensar que está hablando en serio, por que esperar a que otro presidente lo diga en el 2014 como que sonaría a disco rayado. Si Funes habla de hacer los arreglos necesarios, nosotros tendríamos que pedir desde ya, que junto al voto en el exterior debe también darse la representación política en la asamblea como Diáspora y como la Democracia manda.

Debería ser una representación absolutamente soberana, sin dependencia de partidos políticos. Si la Constitución dice que hay que pertenecer a un partido político para participar en política, que se revise y se hagan los arreglos necesarios de los que Funes ha dicho que pedirá que se hagan, así matamos dos pájaros de un solo tiro.

Pero entre eso se debe incluir la participación independiente de Diputados, para que no tengan que levantar la mano en cada decisión que se tome halados con una pita desde la sede de un partido. Que la diáspora tenga ese derecho democrático de tener representación sin represión por parte de una cúpula.

Ya es hora que nuestra democracia deje de ser mediocre y le permita a la gente elegir a sus representantes, eso de residuos a la hora de elecciones para diputados son la máxima expresión del descaro.

La representación independiente debe ser considerada en el código electoral y que la gente tenga la potestad de votar por nombres de personas y no de partidos a la hora de elegir, eso del color del partido se ve “fancy” en la boleta, pero es que es falso, porque la gente no sabe a quien están eligiendo, y en español, chino o ingles, eso se traduce a “pura paja” en salvadoreño.Ya es hora de tener Diputados que representen al pueblo y no a las cúpulas de sus partidos, y la hora de tomar decisiones no tengan el tormento de tener que preguntarle al Blackberry.Esperemos que al menos desempolven el volado, sin que alguien se los ordene o se los condene.

* El articulista es parte de la diáspora salvadoreña y participa activamente como dirigente de algunas Organizaciones sin fines de lucro que siguen de cerca la realidad salvadoreña.

Tomado con permiso del Blog Compartiendo Mi Opinión, del Ingeniero Luis Montes Brito.

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La democracia pendiente

Posted on 25 July 2009 by jesus

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Por Jorge Ramos

ESPECIAL LA ESTRELLA DIGITAL

La crisis política en Honduras tuvo su origen en la preocupación de muchos hondureños de que su país se convirtiera en otra Venezuela. Cierto o no, eso desencadenó el derrocamiento de un presidente. Temían que Manuel Zelaya buscara reelegirse de una manera ilegal y que Honduras tuviera un gobierno autoritario. Y lo echaron.

Estas son las conclusiones que saqué tras una conversación desde Tegucigalpa con el presidente interino de Honduras, Roberto Micheletti. La solución -sacar a Zelaya con los militares y no con un juicio- aisló a Honduras del mundo y fue vista por la ONU y la OEA como una flagrante violación a la democracia.

Micheletti no ha sido reconocido como presidente por ningún país. Cuando le comenté sobre estos temores de los hondureños al depuesto presidente Manuel Zelaya, me dijo en una entrevista desde Panamá que esos miedos no justificaban un golpe de Estado. El sigue insistiendo en que nunca buscó reelegirse. Sin embargo, la actual crisis en Honduras sí resalta, al menos por contagio, la enorme tensión que está causando la ola de reelecciones en América Latina. Imagine esto. Se está jugando la final de un torneo de fútbol y, de pronto, uno de los equipos dice que en lugar de 90 minutos quiere alargar el juego para que dure 135 minutos o hasta que ellos quieran. Absurdo. Abusivo.

Antidemocrático. Eso mismo está pasando en varias naciones de América Latina. A la mitad del partido, algunos presidentes latinoamericanos están cambiando las reglas del juego para eternizarse en el poder. Y como tienen todos los recursos del Estado a su disposición, y la atención de los medios de comunicación, han tenido éxito en sus maniobras para realizar consultas populares y cambiar la Constitución a su favor.

El caso más claro es el del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien en 1998 prometió que entregaría el poder en cinco años. Mintió. Ya lleva el doble y amenaza con amarrarse a la presidencia muchos años más. Pero la “reeleccionitis” ha tocado a varios presidentes más. El presidente de Ecuador ya se reeligió. El presidente de Bolivia podría reelegirse a finales de año. El presidente de República Dominicana podría regresar al poder luego de cuatro años fuera. Al presidente de Nicaragua le gustaría que hubiera reelección en su país, y advirtió: “Si Dios me da vida, aceptaría ser presidente o primer ministro.” Y el presidente de Colombia está considerando lanzarse para un tercer período en el poder. ¿Acaso no hay jóvenes lo suficientemente capaces en Venezuela, Ecuador, Bolivia, República Dominicana, Nicaragua y Colombia que pudieran reemplazar a los actuales presidentes? Desde luego que sí. “Si nos dejan”, como dice la canción. El problema para nuestras democracias latinoamericanas es cuando estos presidentes se consideran indispensables. Y es tan grave cuando lo hace un presidente de izquierda -como Chávez- como cuando se trata de un presidente de derecha -como Álvaro Uribe de Colombia.

El escritor peruano, Mario Vargas Llosa, es quien ha denunciado este fenómeno de la manera más clara. Le dijo a una estación de radio colombiana que sería “lamentable” que Uribe buscara un tercer gobierno. Y luego criticó a todos. Dijo que las reelecciones son un nuevo “deporte” para los presidentes de América Latina. En Latinoamérica todavía existe la falsa idea de que el ganador de las elecciones se convierte en todopoderoso, como si se tratara de un tlatoani azteca o de un virrey español en época de la Conquista. Muchos presidentes, luego de ganar las votaciones, creen que pueden actuar por encima de la ley y hacer de la Constitución un espagueti. Y eso no debe ser así. Eso es dejar pendiente la democracia. “Las elecciones solas no crean una verdadera democracia”, les recordó hace poco, en El Cairo, el presidente Barack Obama a los líderes del mundo árabe. Y es cierto. Además de realizar elecciones multipartidistas, las verdaderas democracias son justas, respetan los derechos humanos y las libertades individuales y, sobre todo, sus líderes entregan el poder exactamente cuando se comprometieron a hacerlo. Ni un minuto después. Estados Unidos puede ser muy criticable por la manera en que en el pasado ha actuado con otros países. Basta un ligero repaso de sus invasiones e intervenciones en la historia reciente de América Latina. Pero hacia dentro, Estados Unidos ha sido un fiero defensor de su democracia. Desde su fundación en 1776 siempre ha existido un pacífico y ordenado cambio de poder de un presidente a otro. No ha habido un solo golpe de Estado. Y ningún presidente norteamericano se atrevería a cambiar las reglas del juego democrático a la mitad de su mandato. “A mí me encantó ser presidente”, dijo hace poco el ex presidente Bill Clinton al diario The New York Times. “Pero tenemos un límite constitucional y yo sabía eso desde un principio”. Jamás se le hubiera ocurrido a Clinton proponer un cambio a la Constitución, a la mitad de su mandato, para quedarse un tercer período presidencial.

Desafortunadamente no se puede decir lo mismo de las aún frágiles democracias latinoamericanas. Mucho se ha logrado, es cierto, al dejar atrás la época de las dictaduras, los caudillos y las siete décadas en el poder del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano. Pero el peligro de regresar a gobiernos autoritarios sigue latente. Si nuestros presidentes elegidos democráticamente empiezan a jugar al dictador, perderemos todo el terreno ganado durante décadas.

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Honduras: en el peor de los mundos

Posted on 08 July 2009 by hector

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Andrés R. Vargas

La intervención a nombre de la democracia corre el riesgo de apuntalar un caudillismo autoritario más en la región.

El domingo 28 de junio se consumó en Honduras un golpe de Estado a través de la expulsión violenta del presidente Zelaya ejecutada por el ejército de Honduras y apoyada por el Congreso Nacional y la Corte Suprema de Justicia. La acción del ejército hondureño, respaldado por las élites nacionales, es un hecho inaceptable pues el uso de la violencia para dirimir conflictos políticos es contrario a formas de gobierno democráticas. En este sentido el rechazo unánime de la comunidad internacional al golpe de Estado ocurrido y su negativa a aceptar el gobierno de Michelleti envían un mensaje claro.

El mantenimiento del gobierno golpista es sin duda un escenario indeseable en la medida que es un gobierno fundado sobre la fuerza y la coacción. Prueba de ello es que, a pesar de los pronunciamientos oficiales en sentido contrario, el recorte de las libertades es ya un hecho. El Congreso por unanimidad y a pedido del gobierno de facto, aprobó potestades para las fuerzas de seguridad que les permiten restringir los derechos de manifestación, inviolabilidad del domicilio, asociación, garantías en la detención y libertad de movimientos por el país.

Sin embargo, la restitución del presidente Zelaya impulsada por la comunidad internacional no es tampoco un escenario promisorio. Zelaya ha mostrado claramente su talante autoritario, al desconocer fallos de poderes judiciales competentes y buscar adelantar, sin reparo por las consecuencias sociales e institucionales, su agenda política. En efecto, de manera acorde con la tendencia regional, Zelaya se reclama intérprete y encarnación de la voluntad popular, y señala de conspiración oligárquica cualquier esfuerzo contrario a sus deseos

La comunidad internacional ha respondido de manera mecánica. Se reivindica el orden constitucional y la legitimidad del mandato de Zelaya derivada del hecho que éste último haya sido elegido a través de una competencia electoral. Acorde con esta lectura se plantea el regreso al orden constitucional y se exige que Zelaya sea reinstaurado como Presidente. Esta respuesta es mecanicista porque no considera las implicaciones para la política interna que tendrá la intervención, que si bien es hecha en nombre de la democracia y la libertad, puede resultar en todo lo contrario.

Si bien la reinstauración de Zelaya como Presidente es la medida inmediata para conjurar el golpe, la intervención de la comunidad internacional para que esto ocurra alterará de manera radical la correlación de fuerzas políticas en el país centroamericano. El Congreso y la Corte Suprema hondureñas enfrentarán problemas de legitimidad al interior del país y Zelaya se encontrará en una posición de fuerza para forzar el referendo reeleccionista. La defensa del orden constitucional y la institucionalidad democrática corre el riesgo, paradójicamente, de apuntalar un caudillismo autoritario más en la región.

El gran reto para la comunidad internacional es pues hacer una intervención que vaya más allá de la respuesta mecánica de mantener los mecanismos democráticos per se. Se necesita una intervención que incluya un equilibrio delicado donde se restablezca a Zelaya en el poder, pero a la vez contemple formulas que impidan que la correlación de fuerzas políticas al interior de Honduras se altere tanto a favor del Presidente, que se termine fomentando un autoritarismo con fachada democrática.

La reflexión que está en el trasfondo es que la defensa de los mecanismos democráticos y de los órdenes constitucionales no resultan necesariamente en la defensa de una democracia liberal, es decir, una donde además de la elección del Presidente a través de elecciones libres, haya pleno goce de derechos individuales y colectivos y separación real de poderes.

La reacción de la comunidad internacional tiene mucho de mecánico porque responde de manera estandarizada (defensa de lo procedimental) a una amenaza que ha mutado: la amenaza a las democracias en la región ya no surge de imposiciones por la fuerza, sino de la acción sistemática y subterfugia que vacía de contenido a las instituciones y le da apariencia de democracia liberal a la permanencia en el poder de caudillos autoritarios que desdibujan a medida que avanza el tiempo la separación de poderes y recortan libertades.

El ordenamiento constitucional y los mecanismos democráticos son condiciones suficientes más no necesarias para promover la libertad y la democracia en la región. Sin una acción política orientada por valores de pluralismo, tolerancia y competencia política, el ordenamiento no es más que el andamiaje legitimante de las dictaduras del siglo XXI. Esa orientación está ausente en Honduras que se encuentra en el peor de los mundos: tener una dictadura elitista que se apuntalará a través de la coacción, o un autoritarismo caudillista que regresará del exilio apoyado por los adalides mundiales de la “democracia”.

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OEA da 72 horas para restaurar democracia en Honduras

Posted on 01 July 2009 by admin

oeaEl Gobierno interino de Honduras que se instaló tras el derrocamiento de Manuel Zelaya buscaba el miércoles ganar legitimidad, pese a la creciente presión internacional para restituir al mandatario en el poder y al ultimátum de la OEA para restablecer la democracia.

Mientras Zelaya preparaba su regreso al país para el jueves, el Gobierno encabezado por Roberto Micheletti tenía previsto enviar una misión de diputados y empresarios a Washington para defender su versión de que lo que sucedió el domingo en Honduras no fue un golpe de Estado.

Zelaya fue sacado de su casa el domingo por la madrugada y conducido en un avión por militares a Costa Rica a punta de fusil, en medio de una crisis política desatada por la intención del mandatario de realizar una consulta popular que abriera el camino a la reelección presidencial.

“Tenemos fe en Dios de que vamos a recuperar la confianza de esos países que han sido los cooperantes”, dijo Micheletti a periodistas el martes por la tarde, preocupado por lo que parece ser el advenimiento de una serie de sanciones contra el empobrecido país centroamericano.

Pero, la Organización de Estados Americanos (OEA) se unió a a la condena mundial al “golpe militar” y dio un ultimátum de 72 horas al Gobierno interino para “restaurar la democracia” o suspenderá al país del organismo, de acuerdo a una resolución aprobada el miércoles.

La OEA exigió el “inmediato, seguro e incondicional retorno del presidente (…) a sus funciones constitucionales”. La declaración agregó que “no se reconocerá ningún gobierno que surja de esta ruptura inconstitucional”. El Consejo Permanente de la OEA instruyó al Secretario General de la organización, José Miguel Insulza, para que lleve adelante las iniciativas diplomáticas tendientes a restaurar la democracia y el restablecimiento de Zelaya.

“De no prosperar estas iniciativas en un plazo de 72 horas, la Asamblea General Extraordinaria aplicará inmediatamente el artículo 21 de la Carta Democrática Interamericana para suspender a Honduras”, agregó la resolución.

Insulza, junto con la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, y el mandatario de Ecuador, Rafael Correa, tienen previsto acompañar el regreso de Zelaya al país, pese a que las autoridades han dicho que el mandatario depuesto será arrestado bajo cargos que van desde abuso de poder hasta narcotráfico.

“Independientemente de con quien se encuentre va a proceder la policía a arrestarlo y ponerlo a la orden de los tribunales de la República”, dijo el fiscal general hondureño, Luis Alberto Rubí, a la cadena de televisión CNN en español. Zelaya, al igual que Micheletti, es un político del Partido Liberal, pero su viraje hacia la izquierda y su acercamiento al venezolano Hugo Chávez durante su último año de Gobierno irritó a políticos y empresarios conservadores.

Pese a las abrumadoras muestras de apoyo internacional a Zelaya, los hondureños permanecen divididos entre quienes lo ven como un presidente que lucha contra las elites en favor de los pobres, y los que advierten que es un peligroso populista que busca seguir la senda radical de sus aliados socialistas.

La postura de Estados Unidos, que durante la Guerra Fría solía auspiciar golpes de Estado en América Latina para evitar que rebeldes de izquierda tomaran el poder, será clave para el desenlace de la crisis política en Honduras. Sin embargo, parece poco probable que la ofensiva diplomática de Micheletti vaya a tener eco en el Gobierno de Barack Obama, que se alineó con los líderes latinoamericanos izquierdistas encabezados por Chávez en la defensa del “orden constitucional” en Honduras.

“Nosotros lo reconocemos (a Zelaya) como el presidente legal, constitucional de Honduras, y reafirmamos nuestro compromiso de trabajar con la OEA para restablecer el orden constitucional”, dijo a Reuters Thomas Shannon, secretario de Estado Adjunto para Asuntos Hemisféricos de Estados Unidos. Por su parte, el Gobierno español informó que llamó el miércoles a consultas a su embajador en Honduras, Ignacio Rupérez, con “la esperanza de que ello contribuya, en el marco de los esfuerzos internacionales en curso, al restablecimiento de la institucionalidad democrática en dicha República hermana centroamericana”.

Mientras que el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, expresó que el derrocamiento de Zelaya establece un “precedente peligroso para toda la comunidad internacional” y no será aceptado por el resto de América Latina. “No aceptamos el regreso de los golpes en América Latina”, dijo Lula. “Tuvimos la experiencia durante la década de 1960 de enfrentar golpes militares”, agregó el martes por la noche en Trípoli, en víspera de la cumbre de la Unión Africana que se celebrará en Sirte.

La Asamblea General de las Naciones Unidas también le dio un fuerte espaldarazo el martes a Zelaya al aprobar una resolución por la que sus estados miembros no reconocerán al gobierno interino de Honduras.

El Banco Mundial, organismo en el que Estados Unidos tiene un peso predominante, informó que dejó en suspenso la aprobación de vitales préstamos para la empobrecida nación cafetalera, en un reflejo de la postura de Washington sobre la ilegalidad del derrocamiento de Zelaya.

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