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EL SILENCIO ABIERTO

El verso tendría a la vez una cantidad y un espesor; viviría de una realidad aérea que se hincha y se distiende al mismo tiempo que se anima con un movimiento sonoro que se acelera y se retarda.

Lialdia.com / Jaime Kozak/ Madrid/ España/ 1/13/2018 – Si pensáramos en la construcción de un poema, veríamos que hay obligaciones de la respiración y leyes de la cesura. Más exactamente, estas dos clases de obligaciones se nos mostrarían como complementarias. La cesura se expresaría como un número, el verso como un volumen.

El verso tendría a la vez una cantidad y un espesor; viviría de una realidad aérea que se hincha y se distiende al mismo tiempo que se anima con un movimiento sonoro que se acelera y se retarda. Una materia aérea vendría a habitar una forma verbal. Su consistencia ligera, bastaría para agrupar los números de los versos, para corregir esa pobreza de desfile que tienen los poemas cronometrados. En verdad mutilamos el poema cuando nos desinteresamos de esa materia aérea, de ese soplo.                                                                                                             

Además, no se entiende el papel de tal materia aérea en un exámen puramente fonético, en donde el aliento es trabajado, martillado laminado, conmovido, empujado, recobrado, encerrado en las palabras.La imaginación aérea reclama intuiciones más primitivas. Reclama las verdades de aliento, la vida misma de un aire parlante. El verso es una criatura de la dicha de respirar.

                            “El hombre al pronunciaros respira más a gusto”

Hubo quien sucumbió a la tentación de establecer, al margen del saber histórico, una etimología basada en los órganos vocales, una actitud muy actual que nos permitiría captar activamente, en nosotros, en nuestra boca, el movimiento fónico.  Esta fonética en acción, en su ontogénesis, podemos decir que reproduce la filogénesis expuesta en las investigaciones al respecto.  Se puede decir, que dicha posición da así, una idea para algunos, según lo vean, que podría decirse es más ingeniosa que sólida, por ejemplo, una cierta etimología de la palabra “alma”, que indaga en el conjunto de las condiciones bucales y respiratorias que deben volver a encontrarse en una imitación fisiognómica del rostro parlante. 

Podríamos incluso, con el ejemplo de la palabra alma, ver como esta etimología mímica, nos entrega una valoración del gesto vocal, una valoración aérea. Dejemos pues, a los sabios decir que la palabra alma es una contracción de la palabra ánima de los latinos, siguiendo ese determinismo de la pereza para articular, que es en muchos aspectos, el determinismo de la evolución fonética. Podríamos también, vivir la palabra, como la sentíamos cuando jurábamos amar “con toda nuestra alma”, o amar “hasta el último suspiro”, respirándola. Si se pronuncia la palabra “alma” en su plenitud aérea, con la convicción de la vida imaginaria, en el tiempo justo en que se ponen de acuerdo la palabra y el aliento, se comprenderá que sólo adquiere su valor sonoro exacto al extinguirse el aliento.

Para expresar la palabra alma desde el fondo de la imaginación, el aliento debe dar su última reserva.  Se trata de una curiosa dialéctica respiratoria de las palabras vida y alma;  para ello tratemos de poner nuestro oído soñador, de acuerdo con esta voz únicamente aérea, con una voz que se ensordecería ya si conmoviera las cuerdas vocales y que sólo precisa del aliento para hablar. En esta sumisión total a la imaginación aérea, oiremos pronunciar sobre el aliento mismo, antes de pensar las dos palabras: vida y alma.                                                                                                                                                                                                     

Vida aspirando, alma expirando. La vida es una palabra que aspira, el alma es una palabra que expira. En lugar de aspirar un aire anónimo, tomaremos a pleno pulmón la palabra vida, y devolveremos la palabra alma, dulcemente, al universo. Entre el universo y el ser respirante hay la misma relación que entre la salud constituyente y la salud constituida, así como las bellas imágenes aéreas nos vitalizan.  Si se trata de la palabra alma; entonces en su formación, los labios, apenas entreabiertos dejan escapar un soplo, y si se trata de la palabra vida, el movimiento es el contrario, los labios se separan dulcemente y parecen aspirar el aire.                                                                                                                                                          

Si seguimos ese camino, se puede entender que en el ritmo vida-alma  así respirando los labios pueden permanecer inmóviles. En tal caso es realmente el aliento el que habla, el aliento que es el primer fenómeno del ser. Escuchando ese soplo silencioso, apenas parlante, se comprende su diferencia con el silencio taciturno, el de los labios fruncidos. En cuanto  la imaginación aérea despierta, termina el reinado del silencio cerrado y comienza el reino del silencio que respira, comienza el reino infinito del silencio abierto.

Jaime Kozak

Psicoanalista, escritor y poeta

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