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EL CULTO AL PASADO

En su forma simple, natural, primitiva, lejos toda ambición estética y de cualquier metafísica, la poesía es una alegría del aliento, la dicha evidente de respirar.

Lialdia.com / Jaime Kozak/ Madrid/ España/ 12/23/2017 – Nietzche, de quien hemos hablado en oportunidades anteriores, se designa a sí mismo como un poeta aéreo, por ejemplo cuando dice:

                       Estoy allí sentado, respirando el aire mejor,                                                                                        

                       el aire del paraíso, en verdad,

                       el aire claro, leve y rayado de oro,                                                                                                               

                        tan bueno, como el que cayó

                        jamás de la luna.

La imaginación nietzcheana, abandona los olores en la medida en que se desprende del pasado.  Todo culto al pasado sueña olores indestructibles. Prever es lo contrario de oler, tal vez sea una dialéctica un poco brutal, pero impresiona. 

Rudolf Kassner ha presentado ese carácter antitético de la visión y los olores cuando dice (El libro del recuerdo): “Cuando quitamos separamos o arrancamos del tiempo, el lado que se sumerge en el porvenir…nuestra imaginación entera, que se apoya en el tiempo o se enrosca en torno a él, se convierte en recuerdo, se halla como rechazada hasta el recuerdo. Entonces toda visión se transforma fatalmente en olor, puesto que falta el porvenir…nuestra imaginación entera, que se apoya en el tiempo o se enrosca en torno a él, se convierte en recuerdo. Entonces toda visión se transforma fatalmente en olor, puesto que falta el porvenir….Pero en cuanto enlacemos de nuevo al tiempo el recuerdo que acabamos de cortar, el olor se trocará en visión”.

Si el aire simboliza un instante de reposo y de relajamiento, brinda también conciencia de la acción próxima. En su forma simple, natural, primitiva, lejos toda ambición estética y de cualquier metafísica, la poesía es una alegría del aliento, la dicha evidente de respirar. Si prestamos atención a la exuberancia poética, a las formas de la dicha de hablar dulcemente, rápidamente, gritando, murmurando, salmodiando…, se descubrirá una pluralidad de alientos poéticos. Lo mismo en la fuerza que en la dulzura, en la cólera poética que en la ternura, podemos ver que actúa una economía dirigida de los hálitos, una administración feliz del aire que habla.

Tales son al menos las poesías que respiran bien, los poemas que son bellos esquemas dinámicos de respiración.  Hay palabras que apenas pronunciadas, apenas murmuradas, apaciguan en nosotros los tumultos. Cuando sabe unirlas en su verdad aérea, el poema es a veces un maravilloso calmante. El verso áspero y heroico, sabe conservar también una reserva de aliento. Da a la voz breve que manda una duración vibrante, al exceso de fuerza da una continuidad. Un aire tónico, una materia valerosa corre a raudales en el poema.                                                                                

Toda poesía, la declamada y la leída en silencio está subordinada a esa economía primitiva de los hálitos. Los tipos imaginarios más diversos, bien pertenezcan al aire, al agua, al fuego, o a la tierra, o bien pasen del ensueño al poema, participan de una imaginación aérea por una especie de necesidad instrumental.

El hombre es un tubo sonoro.  El hombre es un junco parlante.

Jaime Kozak

Psicoanalista, escritor y poeta

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