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Esperanza envejecida

Doña María Torres tiene 99 años y en unas semanas tendrá el privilegio que pocos tienen en una vida y es el de llegar a ser una centenaria.

Lialdia.com / Waldemar Serrano Burgos/ Puerto Rico/ 11/5/2017 – Su rostro estaba completamente iluminado, físicamente emocionada se levantó como un resorte del sofá en donde estaba sentada, se hecho hacia al frente y en segundos agarró inicialmente la mano de una de las fiscales, y con la otra tomó sutilmente la de una de las muchachas que estaban efusivamente saludando a cada una de las personas de mayor edad que allí viven.

Brincando de lado a lado un poco asustado estaba un hermoso gato de tan solo unos meses, quien los colores de negro y blanco se habían puesto de acuerdo para decorarlo.

Al otro lado de la sala salió de su cuarto privado Don Carlos Álvarez, un joven de 76 años y quien vive allí ya que no tiene familia inmediata, y quien cuando escuchó una algarabía salió para investigar que estaba pasando.

Una de las cuidadoras y enfermera llamada Catia Mendoza no salía del asombro, no podía creer que una veintena de personas estuvieran allí en ese hogar el cual está ubicado entre medio de montañas y con una vista envidiable, aunque afectada por le paso del huracán María.

En cuestión de minutos este diverso grupo de fiscales federales, fiscales estatales, agentes del orden público federal, médicos, voluntarios y personal de algunas empresas privadas, al unísono trabajaron de tal manera que las cajas de aguas, comida y algunos suministros médicos que habían traído estaban posicionados ordenadamente en el almacén de este humilde hogar.

Mientras toda esta magia se manifestaba, en la entrada uno de los motoristas policiacos que nos estaban escoltando y otro de los agentes del orden público por iniciativa propia estaban revisando el generador eléctrico, que justo unas horas antes de llegar había colapsado.

El restante del grupo que esperaban que la “brigada de esperanza” terminara con los trámites de la inspección, se unieron a “mecanear” y unos minutos luego milagrosamente prendió el generador.

Una hora antes estábamos en un hangar privado esperando a que nos dieran el permiso para entrar a recibir a una organización de médicos que llegaba de Nueva York, la cual desde hace unas semanas había realizado ya varios viajes humanitarios trayendo suministros médicos.

Los mismos son donados a una organización local de médicos voluntarios los cuales realizan “misiones” médicas, llegando a rincones remotos e impactando a cientos de seres humanos necesitados.

En la línea que espontáneamente se formó para poder bajar del avión la ayuda en donde los participantes estaban esperando bajo un candente sol, había un joven el cual tenía unas letras muy distintivas en su camisa, estaba muy pendiente a cada uno de los detalles y a su vez suspiraba una alegría contagiosa.

En nuestra curiosidad tuvimos un aparte con este joven llamado Jonathan James de 32 años y quien lleva en Puerto Rico aproximadamente un años desde que le aprobaron su traslado a la isla del encanto.

Nacido y criado en el centro de los estados en la nación norte americana, nos comentaba que una de las grandes satisfacciones que él como ser humano había tenido en su vida, era haber sido parte de esta “cruzada de amor”.

El jamás pensó que él estaría haciendo este tipo de trabajo voluntario, el cual ha requerido de mucha fortaleza mental y física, ya que son largas horas que invierte cada uno de los que allí estaban.

Justo cuando estábamos terminando la entrevista nos habló abiertamente como “ama este pedazo de tierra”, lo comprometido que está en continuar contribuyendo a ver resplandecer lo que un día lo cautivó, que no tiene planes de irse, ya que quiere que sus tres hijas puedan criarse en este terruño al cual el llama su hogar.

A solo minutos de habernos alejado de la brisa de las montañas y sus espectaculares laderas, llegamos al segundo hogar, el cual estaba ubicado mucho más cerca de la ciudad.

Allí justo al llegar sin tener que dar alguna instrucción u organizar al batallón de hombres y mujeres que regularmente los vemos en trajes y corbatas en las salas de tribunales, se lanzaron al medio de la calle la cual fácilmente estaba en los 100 grados de temperatura.

Allí cada cual asumió su rol, unos entraron con gentileza firme a las instalaciones, mientras otros ordenaban los suministros que dejarían, de hecho no estaba claro cual era línea de comando.

En la entrada estaban unas siete personas mayores, algunos en ropas livianas por el calor absurdo que hacía, y otras personas más tapados.

El virus de la alegría se apoderó de ese espacio en solo segundos, mientras otros estaban un poco confundidos, ya que no acostumbran a recibir “parrandas” durante el año, otros estaban jubilosos de recibir visita inesperada.

Josefina Arroyo de 71 años estaba sentada tomando un poco de sol y aprovechando la poca brisa que la acariciaba en la esquina en donde estaba cómodamente sentada, nos comentó que esta era la primera visita que ella recibía en el año, ya que no tiene parientes que la visiten.

Los rostros iluminados de cada una de las personas que estaban en ese momento inesperado, lleno ese espacio limitado de emociones encontradas, de contentura agridulce y sobre todo, ya que el futuro luego de su partida es una incierta.

La experiencia de esas horas fue una inigualable, llena de mucho drama, comedia y hasta de camaradería que jamás pensé ser testigo de ella.

Justo al finalizar la segunda de cuatro visitas en ese día, tuvimos la oportunidad de dialogar cándidamente con el motor de este “operativo”.

Ella es una joven apasionado por su trabajo, de una estatura que puede engañar al verla inicialmente, ya que es callada, simplista y hasta cierto sentido, no parecería que era la que todos seguían.

Pero para sorpresa de nosotros esta maratonista con propósito, llegó a cada uno de los hogares con un enfoque impresionante, comandando con sus acciones las labores humanitarias del grupo.

Su entrega por hacer el bien, era más que evidente, su compasión era una firme, sus preguntas eran incisivas con una razón válida, y se ocupaba de que no se fueran de cada lugar sin poder proveerles todo lo que pudieran.

En fin, este grupo de seres humanos unidos por una causa justa y loable, estaban conscientes de su deber comunitario, con un compromiso inquebrantable, en especial con quienes en un momento determinado dieron lo mejor de ellos a la sociedad.

Llegó ese momento en donde nos teníamos que despedir y nos comentaban que aún había trabajo por hacer, ya que se habían trazado una meta que aún habían alcanzado, y es el de visitar cada uno de esos hogares aunque sea una vez.

Curiosamente toda esta travesía comenzó con una simple pregunta, ¿de qué se trata ese grupo del cual apasionadamente este líder empresarial nos habló?, la conversación que surgió luego fue una conmovedora.

Horas más tarda se sentó al frente de nosotros este ser humano simple, intenso, amoroso y apasionado, quien en minutos nos pudo hilar en palabras cada uno de los detalles del “operativo”, con una precisión única, visiblemente con una entrega incondicional, la cual destilaba sus articulados gestos corporales.

Fue esa misma persona quien es categorizada como una de las personas más fuerte e intransigente moralmente en los lastres de la justicia, quien en ese momento nos mostró su vulnerabilidad, su espíritu humanístico, quien salía a pasear para concretar una de sus misiones de vida.

Hoy día gracias a ese compromiso inigualable, miles de seres iluminados por su sabiduría del tiempo vivido, están en una mejor posición gracias a la acción y la disposición de cada uno de los integrantes de esta “brigada de esperanza”, que no se olvidaron de una población frágil y quien necesita tan poco, solo amor.

Waldemar Serrano-Burgos, CNBC
Certified Neuro-Business Coach

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