You Are Here: Home » Cultura » ESCEPTICISMO

ESCEPTICISMO

Pero la naturaleza de los hombres sensatos posee en sí misma un común baluarte de defensa, que para todos es un bien y una garantía de seguridad, sobre todo para las democracias con respecto a los tiranos. ¿Y cuál es ese baluarte? La desconfianza. Guardadla, acogeos a ella; si la conserváis, nada terrible sufriréis.

Demóstenes, Discursos.

Lialdia.com / Vicente Adelantado Soriano / Valencia/ España/ 11/4/2017 – Me molestan los finales del mes de octubre por esta moda de cambiar la hora. No es que tema que me rompan el reloj interno, nefasto para la salud según dicen algunos, o cosas similares, sino que, en contra de mi costumbre, tengo que salir a caminar de día, cuando a mí me gusta hacerlo de noche y sin ver a nadie.

Como don Quijote, soy gran amigo de madrugar. Nada más levantarme de la cama, lo primero que hago es calzarme las botas y echarme a las calles. No me da miedo la oscuridad ni que algún posible fantasma se me acerque y me lance alguna profecía más o menos terrible. Y aunque ello fuera posible, lo prefiero, con mucho, a ver a personas, motos, perros y bicicletas invadiendo aceras, caminos, sendas y todo cuanto se les pone a tiro. Por la noche, además, es difícil que alguien dirija la palabra al que viene o va, a no ser algún despistado o achispado, los fines de semana. De todo hay en la viña del Señor.

La rosada aurora, por el contrario, parece invitar a la confidencialidad. Y eso, a veces, es un tantico molesto. El otro día, por ejemplo, recién cambiada la hora, me emocioné caminando. No sé qué me pasó. Me engolfé en mis propios pensamientos; y, cuando me percaté, me había alejado muy mucho de mi casa. Como es habitual en mí, ni llevaba dinero ni cartera, ni nada de nada. Solo me acompañaba una fotocopia del documento nacional de identidad. Lo llevo siempre encima por si me da algún achuchón o telele por cualquier camino o calle.

Inicié el regreso a casa apenas me percaté de cuánto me había alejado. Pero, los años no perdonan, me cansé mucho. Me senté en un banquito de dura madera maldiciéndome por no haber cogido la mochila y un miserable libro. Me di el gustazo, eso sí, de quitarme las botas y los calcetines. Ya sé que no está bien, que es una falta de educación; pero a quien, al cabo de unos minutos, y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, se sentó a mi lado, pareció no importarle mucho.

-Cansado ya de buena mañana, ¿eh? -me dijo sentándose a mi lado y causándome una cierta estupefacción.

-Así es -le respondí sintiéndome incómodo por mis descalzos pies.

-Bueno -siguió él- vale más estar cansado físicamente que no mentalmente. Ahora enseguida comenzarán, otro día, y van cien mil, a machacarnos con los catalanes y el proceso de independencia, los juicios, las protestas y la democracia, el regreso de Franco y cuanto se les ocurra.

-Eso tiene fácil solución -le respondí-. Con apagar los aparatos y no leer los periódicos, se acabó el tormento y el posible cansancio mental.

-Me gusta enterarme de lo que sucede a mi alrededor.

-¿De qué se queja, entonces?

-De que todos los medios informativos seas monotemáticos. Desde que se ha iniciado el proceso este de Cataluña parece que en el mundo ya no pasa nada más.

-En este país -dije arriesgándome un poco- siempre hemos tenido  una seria deficiencia de idiomas. Si supiera usted inglés, alemán o francés, podría leer otra prensa o ver otras televisiones. Y perdone si doy cosas por sabidas.

-No, no; tiene usted razón. Para mi desgracia no sé idiomas, es cierto. En la época en la que yo era estudiante no se le daba mucha importancia a las lenguas.

-Un grave error.

-Sin duda alguna. Tal vez por eso mismo me he decantado por el estudio de mis congéneres más que a conocer otros mundos.

-Tampoco está mal la opción. Pero no creo que para eso tenga usted necesidad de machacarse con las noticias. O ceñírselas como si estas fueran un cilicio.

-¿Usted cree que todo esto que está pasando, el deseo de un buen montón de catalanes de separarse de España, está afectando al resto de las personas? -me preguntó con cara de pena.

-Pues así al pronto -le respondí- no sabría decirle. Déjeme -le rogué- que me calce, me siento incómodo…

-¡Por Dios, no lo haga! He sido yo quien ha invadido su espacio. Si está cómodo así, quédese tal como está.

-No, no estoy cómodo. Y usted no ha invadido nada: la calle es de todos, creo yo; y los bancos, los de madera, también. Los de mármol es otro cantar.

-¿Y las naciones? -me preguntó como quien se coge a un clavo ardiendo.

-No lo sé. Pero por desgracia, creo, hemos sido educados en el principio de que una tierra nos pertenece, es nuestra, si hemos nacido en ella, cuando no es nuestra sagrada madre, con toda la parafernalia consiguiente.

-Y por lo que parece usted no es muy partidario de eso.

-No. Yo soy partidario -dije improvisando, con una punta de ironía- de que las personas conozcan tres o cuatro idiomas como mínimo. Y es más, propondría -empezaba a picarme- que cada curso académico los alumnos los hicieran en un país diferente. En Alemania, Suecia, Inglaterra… Bien repartidos.

-¿Eso -me preguntó con toda la seriedad del mundo- no sería crearles un lío mental monumental a los alumnos?

-No sé. Imagino que sí. De todas formas, luego tendrían toda una vida para deshacerlo.

-No creo que haga falta ser tan drástico. Dicen que el viajar da mucha mundología.

-Eso sería antiguamente, cuando no había hoteles ni pensiones, y el viajero se alojaba en casas particulares, y comía con la familia que lo había hospedado, oen una fonda… Ahora coge usted el coche, o el avión, se hace cinco mil kilómetros, y le toca de compañero de viaje alguien con auriculares, llega a un hotel, y se encuentra con camareros y demás que son de su país, y le ponen las longanizas de su tierra… y así todo. Ya no es suficiente con viajar.

-Eso que propone usted, como usted comprenderá, es una mera utopía. Y perdone si le molesta que se lo diga.

-No me molesta. Diga lo que tenga que decir. Soy todo oídos.

-Lo que usted propone supondría aunar todos los sistemas educativos, como mínimo de Europa. Y si ni en España nos ponemos de acuerdo para semejante fin, ya me explicará usted.

-Algún día lo conseguiremos. No hay que perder las esperanzas. Cuando yo era joven, un profesor que tenía decía que la Unión Europea nunca sería tal porque jamás conseguiría la unión monetaria.

-Si lo hubiera dicho al contrario, hubiese acertado. Además, ¿cómo va a conseguir usted que padres e hijos vivan separados? Va a crear usted niños sin referentes emocionales.

-Tiene razón. No había pensado en eso. Aunque, ahora que lo pienso, hay antecedentes: los espartanos. ¡Hay que volver a Grecia!

Nos quedamos un momento callados. El parque comenzaba a llenarse de señoras y señoras con perros de todo tipo y pelaje. Pensé que ya tenía que estar en casa.

-¿Y si conseguimos -pregunté temiendo que creyera que le estaba tomando el pelo- una gran movilidad social y laboral?

-Propone usted utopías. Y eso como ejercicio, creo que lo dijo alguien, no está mal. Pero la realidad es otra muy distinta.

-Si. Tiene usted razón. Quedémonos en tierra, en nuestra tierra. ¿Qué propone usted para no caer, por ejemplo, en el problema catalán?

-Tendría que empezar por saber cuál es el origen de ese problema…

-Tal vez una entelequia. Como lo son, en la inmensa mayoría de los casos, las naciones, las banderas, las santas tradiciones, los idiomas y todo lo demás.

-¿Usted cree? Muchas de estas cosas están muy arraigadas en muchas personas.

-Porque así no los han explicado desde bien pequeños. Créame: toda tradición es, en buena parte, pura invención. Eso ya lo sabían hasta los historiadores romanos… Y ya que es imposible eso de la movilidad, propondría entonces un serio estudio del senequismo y de toda esa filosofía que nos enseña la enorme debilidad y caducidad del hombre.

-¿Lo que hace el cristianismo los miércoles de ceniza por ejemplo?

-No, yo lo despojaría de toda esa parafernalia de tristeza y flores marchitas o de plástico. La muerte es paso natural. Y tan necio, creo yo, es vivir obsesionado por ella como hacerlo sin tenerla en cuenta. Creo, y digo que creo, o me parece, que la filosofía senequista nos haría tomarnos las cosas con un poco de equidistancia.

-¿Y usted cree que con semejante educación los políticos dejarían de tomarle el pelo a la gente?

-Mire, yo creo que se engaña a quien quiere ser engañado, o se cree más inteligente que el otro, o es un perezoso mental. Si nos comportamos como personas, y aprendemos a respetarnos, como enseña cierta filosofía, comprobaremos que nuestro semejante puede ser más inteligente que nosotros. Y charlatanes siempre los ha habido y los habrá…

-Y ya que viajar no sirve de nada -me interrumpió- hay que estudiar filosofía.

-E historia -añadí-. Y meter en los jóvenes corazones una puntada de escepticismo, de incredulidad, de alejamiento, de desconfianza. Llámelo como quiera -le dije incorporándome, tendiéndole la mano y despidiéndome. Puso cara de sorpresa:

-Perdóneme, pero es que -le dije mintiendo- tengo hora en el ambulatorio. Ya sabe: el colesterol. Me entró sin que me lo enseñara nadie. El azar, o la vida misma.

Me dio la mano y nos despedimos como buenos compañeros de viaje. Tal vez algún día volvamos a encontrarnos. Quién sabe. De todas formas, mañana madrugaré más.

Vicente Adelantado Soriano

Escritor

Valencia, España

Del grupo de editores

 

About The Author

Editor

Number of Entries : 8309

Leave a Comment

*

© 2011 Long Island al Dia - Powered By Wordpress - Diseño Web Bravo Advertising

Scroll to top