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Una vorágine de sentimientos

Lo extraordinario se convirtió en la norma, los milagros ya no son glorificados, sino vividos, no pensamos, colaboramos, actuamos sacrificando nuestras vidas, por salvar al menos afortunado.

Lialdia.com/ Waldemar Serrano Burgos/ Puerto Rico/ 10/26/2017 – Hoy por fin tengo el tiempo de sentarme en la sala de la casa de mis padres a reflexionar en medio de la vorágine de sentimientos que han estado dentro de mi por espacio de nueve días, después de lo que se ha considerado como el mayor desastre en la era moderna del archipiélago llamado Puerto Rico.

Este proceso pudiera categorizarse como un desahogo, o la materialización de un diálogo interno e intenso, que no está redactado para alguien en específico, algo que pudiese escribir una persona en algún momento de desamparo espiritual, emocional o simplemente físico.

Es para mi una manera simple de ventilar y dejar pasear todo aquello que voluntariamente he enjaulado por instinto reptil, para poder sobrepasar el estado de shock que tenía.

Estoy hoy ubicado en la tercera isla más grande en el Caribe la cual por décadas ha sido visitada en múltiples ocasiones por fenómenos atmosféricos, desde que esta parte de la tierra surgió a la superficie.

En la misma tierra en donde un sapo pequeño se escucha desde el atardecer hasta que el rubio asoma sus flamantes destellos, solamente cantando un distintivo sonido “co-qui”.

Estamos hablando de un archipiélago privilegiado, en el cual quien nace o llega de pasada, se contagia automáticamente con su fervor, su ADN, de su sitial privilegiado, un área geográfica que algunos llaman el paraíso.

Curiosamente, este conjunto de islas tiene igual cantidad de personas que nacieron en ella como las que viven en la diáspora, creando un vínculo inquebrantable que se conecta en la adversidad.

Es una isla de un encanto peculiar, llena de alegría, rodeada de amabilidad, camaradería, en un ambiente sociable, en donde se baila en cada chinchorro, y a su vez, goza de unos paisajes envidiables.

No importa si estás en la montaña o en la playa, sus bosques, quebradas, cascadas y playas le detienen la respiración a cualquiera que tenga un corazón latiendo.

Pues todo lo antes mencionado acaba de ser puesto en una pequeña pausa cósmica indefinida, la cual la ha posicionado como víctimas de una batalla campal global la cual no se tiene una clara salida a ella.

A nosotros, los tres punto cinco millones de personas (y somos más si contamos los animales, la flora y la fauna que nos rodea), se nos ha recordado que la “rutina” no existe y que es la naturaleza quien rige su propio destino, y tiene la capacidad de ponernos de rodillas ante ella en solo cuestión de horas.

Así fue cuando de la nada justo a una semana de haber sido impactados por una tormenta tropical (Irma) la cual luego azotó a Cuba y al estado de la Florida, llegó un huracán de mayor categoría (5 para ser más exacto) llamado María.

Este, sin pedir permiso y sin misericordia alguna, se apoderó de los cielos, montañas, valles, playas, ríos, carreteras, y hogares de todo este archipiélago llamado por los indígenas que lo habitaban como Boriken.

De hecho, las personas ni se percataron que justo antes de entrar a la cuna de la salsa, tuvo un encontronazo con el Dios Yuquiyú, el cual por los estragos causados fue doblegado y herido en el proceso, lo que no sucedía hace veinte ocho años.

Su vestimenta formal, entiéndase los vientos sin misericordia que estaban ceñidos a su eje central, interrumpieron sin compasión la “rutina” y a la misma vez, explotaron la burbuja ficticia en donde vivíamos muchos de forma “automática”.

Su furia para algunos fue una respuesta directa a lo que algunos han llamado el calentamiento global, otros solo se resignan a llamarlo que es nuestro destino escrito en el libro del Universo, o simplemente porque vivimos en la avenida por la que pasean los eventos atmosféricos anualmente.

La combinación de agua caliente, la cual utilizaba como gasolina para aumentar su intensidad para traspasar como sable a esta isla, teniendo unas consecuencias catastróficas, solo vistas a groso modo en las películas de guerra.

Palabras como desastre, catástrofe, desdicha, devastación, desespero, desasosiego, desilusión, frustración, impotencia, algo nunca antes visto, un campo de batalla, son algunas de las palabras que se utilizaron antes, durante y después de su visita.

Otros que vivieron este acontecimiento irregular, específicamente en donde las montañas, que son sus patios, dijeron que esto era como “si hubiesen tirado una bomba atómica, la cual se desplazó con toda su potencia hacia todos lados” afectando todo lo material que estuviera en tierra, mar y aire.

En otras palabras, este sistema atmosférico nos descalabró toda nuestra comodidad que dábamos por sentado.

Se nos estremecieron los cimientos de la razonabilidad y se nos revolcaron los parámetros falsos de lo que entendíamos que era nuestra realidad.

De la nada se nos impuso dictatorialmente y sin escape alguno, el que hiciéramos nuestro mejor esfuerzo para descifrar la incertidumbre colectiva creada en tan solo horas.

La adicción a los medios de comunicación, incluyendo a las redes sociales, nos tenían como los tres monos, ciegos, sordos y mudos, y nos nublaba de los más básicos instintos animales de sobrevivencia.

Las cadenas mentales que nos habíamos impuesto libre y voluntariamente, como consecuencia de esto, se rompieron de una forma abrupta, sin pedir permiso alguno, ya que nos desenchufaron por completo del ficticio mundo que entendíamos que era nuestro todo.

Esto nos llevó a una desesperación colectiva instantánea, desenfrenada, llena de angustia, soledad, y un vacío incalculable, como si fuera estuviéramos en un hoyo negro en el espacio sideral.

También nos llevó a un proceso intrínseco, de cuestionar nuestras capacidades, nuestras fortalezas, nuestras creencias, en fin, nuestra existencia absoluta.

Nos ha hecho internalizar todo lo sucedido, nos ha puesto a repensar y reconocer nuestra adicción al maldito combustible negro en todas las facetas de nuestras vidas y la perspectiva de lo cotidiano, quedó en el pasado.

También tuvo la capacidad de unir a un pueblo dentro y fuera de sus áreas limítrofes en hermandad. Fueron miles lo que su fibra humanidad fue trastocada y resurgió como un volcán, de la nada fuimos a nuestro subconsciente y recordamos nuestra esencia espiritual.

Lo extraordinario se convirtió en la norma, los milagros ya no son glorificados, sino vividos, no pensamos, colaboramos, actuamos sacrificando nuestras vidas, por salvar al menos afortunado.

Diariamente extraños se convierten en nuestra ventana para liberar emociones, se derrumbaron las barreras socio económicas y nos vemos de frente.

Aquellos que saludábamos de lejos diariamente con un hola, de la nada aprendimos sus nombres, compartimos tareas comunales sin tener protagonismos, y quienes nos ven por primera vez, creen que somos amigos de años.

Ves como extraños dan lo que no tienen con una sonrisa, convirtiéndose en recolectores de esperanza detrás de una mirada, y ves cómo algunos se sienten cuadraplégicos ante la adversidad y el colapso de lo que entendían falsamente que era nuestra realidad;

Hoy una sola estrella resplandece en lo alto y ondea en orgullo a la determinación, resiliencia, a esa capacidad no de sobrevivir, sino de reinventarnos, repensar y de sobresalir por mérito propio.

En esta catástrofe, salió a relucir la naturaleza única de los que nos rodean, su raíz, su esencia adscrita a su ADN, esa que rige el alma, la vida y quien es su norte.

Hoy encontramos más rápido el espíritu de la felicidad en las fibras de las neuronas que rodean nuestra masa encefálica, en ese campo magnético, extraordinario el cual a diario nos fortalecen en momentos difíciles.

Hoy puedes ser que miras la ausencia del verdor, pera cuando la tenían en todo momento no la extrañaste y mucho menos la apreciaste.

Hoy vivimos de día a día, como se supone que sea, ya que se nos olvidó en el proceso que no tenemos la capacidad de ser clarividentes. 

Waldemar Serrano-Burgos, CNBC
Certified Neuro-Business Coach

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