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SOBRE LOS QUESOS Y LA ESCUELA

 

En verdad que toda hermosa pintura se borra fácilmente con el brillo de una verdad sencilla e ingenua. Michel de Montaigne, Ensayos (De la educación de los hijos).

Lialdia.com / Vicente Adelantado Soriano/ Valencia/ España/ 10/30/2017 – No recuerdo dónde, leí que quien gobierna tiene que estar preparado para ser odiado por unos y estimado por otros. La razón es bien sencilla: no se puede contentar a todo el mundo. O, como me contaba un amigo que decía Charles de Gaulle, “un país que tiene quinientos quesos diferentes es difícil de gobernar”. Dicho de otra forma: nunca llueve a gusto de todos, como es bien sabido. Ahora bien, no deja de ser significativo que haya momentos en la historia en los cuales una inmensa mayoría, o, al menos eso tratan de hacernos creer, se pone de acuerdo, llevando al frente a algún que otro gobernante, para realizar algo, una revolución, una masacre, un motín, un pequeño incendio, etc. Hablando de esto, algo que me viene inmediatamente a la cabeza es la rebelión de los españoles del momento contra la invasión francesa. Creo recordar que los libros de texto de mi infancia y juventud, y los maestros, nos presentaban aquella guerra como la lucha heroica del pueblo contra el malvado invasor. Tuvo que pasar mucho tiempo para percatarme que esa palabra, “pueblo” es, o era, demasiado a menudo, un comodín. Y que no hay unión que no tenga su particular resquebrajadura.

Leyendo y estudiando la historia con un mínimo de profundidad se me quedó grabada en la mente la famosa frase de don Benito Pérez Galdós: la guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden[1]. No me extraña: curas semianalfabetos y exaltados, con más afición a los pistolones que a las sotanas; guerrilleros que no eran más que bandoleros disfrazados de patriotas, y que saqueaban y violaban tanto o más que los franceses; un ejército que no existía; y una monarquía que no velaba si no por sus propios intereses, amén de un populacho dispuesto a toda algarabía y motín aun a costa de tirar del carro real como bestias de carga. No había más que pedir. Y, desde luego, no todo el mundo, aunque no fuera pueblo, estaba a favor de expulsar a los franceses. Ni todos lucharon por amor a la patria: los frailes sabían muy bien lo que se hacían: no en vano Napoleón quería reducir en España los conventos y los conventuales que vivían de la sopa boba. Y eso, según algunos frailes, era atacar la fe consustancial al pueblo español.

Nunca, que yo recuerde, definió nadie lo que era la patria. Ni la fe.

El estudio, sin profundizar mucho, esa es la verdad, de aquella época, me ha hecho desconfiar, más otras cosas vistas en vivo y en directo, de todos esos movimientos de masas, de todas esas calles convertidas en un río de personas, blandiendo trapos y pancartas, pidiendo a gritos la misma cosa. Igualmente desconfío de lo que dicen sobre ellos algunos políticos y muchos libros, sean de texto o no. Soy bastante escéptico, y más en estos tiempos de televisiones y aparatos electrónicos con los que tan fácil es enervar a la gente con ciento cuarenta caracteres, y con tanta profundidad como un viejo papel de fumar. Esto es algo que no deja de llamarme la atención, pues uno creía, ingenuamente, que a gente más preparada, con más títulos, habría más sentido crítico; y sería, en consecuencia, más difícil manipularla, domarla. Y parece que no. Todo lo contrario. Habría que plantearse muchos problemas.

Tirios y troyanos andan enzarzados ahora en si la escuela manipula a los niños para convertirlos el día de mañana en independentistas o en buenos ciudadanos o no los manipula. El problema, creo yo, no es que la escuela transforme a los niños en partidarios de la independencia o de Viriato. No. El problema está en que les haga creer, como ha proclamado una ferviente independentista, que ella es partidaria de una independencia sin fronteras. Creo que esto es como pretender saber quién fue el primero que estornudó, o en sufrir la sarna, o si es posible la cuadratura del círculo. No obstante, cuando oí a esta buena señora decir semejante cosa, se me abrieron unos ojos como platos: ingenuamente me pregunté si eso suponía una vuelta al imperio romano, al latín, y a poder ser emperador aunque no se hubiera nacido en la propia Roma. Pues resulta, me parece, que en ninguna autonomía lo dejan a uno ser presidente, o profesor por lo menos o médico, si no es de ese pueblo y habla la lengua autóctona. En EEUU, por ejemplo, no puede ser presidente más que uno nacido en el propio territorio, dejando a parte la enorme cantidad de dinero que hace falta para presentarse a unas elecciones.

Pero con esto nos hemos desviado del tema. Y el tema que me interesaba es si la escuela manipula o deja de hacerlo. Cuando yo era joven se decía que la escuela, universidad incluida, era una correa de transmisión del poder. La verdad es que cuando me dijeron aquello, que me impresionó profundamente, comencé a suspender muchas asignaturas que antes eran mi gozo y mi placer. Sucedió esto hasta que caí en la cuenta que si la escuela era una correa de transmisión del poder, y esta mentía, mucho más lo hacía aquel. Un enorme vacío, negro para más señas, se abrió bajo mis pies. Y como todos necesitaba aferrarme a algo. Pensé entonces que lo mejor era terminar los estudios, hacerme con un trabajo, y luego, ya veríamos. Una meta como otra cualquiera. El vacío se cerró un tantico.

Y sí, me percaté, aunque no los insulté mucho, de que los políticos no son de fiar, y muchos de los maestros y profesores que he tenido, por el contrario, sí. Me divierte constatarlo una y otra vez. Y, además, aprendo. Por ejemplo, con todo esto que ha sucedido en Cataluña, me enteré de que unas personas, partidarias de esa señora que quiere una independencia sin fronteras, entraron en una biblioteca y rayaron ciertos libros de un autor. En las páginas de algunas de sus novelas escribieron la palabra botifler. Según el Diccionario de la llengua catalana de l’Institut d’estudis catalanas, la segunda acepción de dicha palabra significa lo siguiente: en la guerra de Successió, partidari de Felip V; que va amb els enemics de la seva terra[2].Es decir, un traidor.

¿Qué es un traidor? ¿Se puede ser traidor sin haber jurado fidelidad a nadie? Esto me suena a eso de la independencia sin fronteras.

Tengo que confesar, por otra parte, que no conocía a ese botifler autor aunque había oído hablar algunas veces de él. Pero por lo que fuere nunca había despertado mi curiosidad. Ahora, y movido por intereses extraliterarios, quise conocer la obra de este señor para dilucidar en qué consistía su traición. Sus novelas se me hicieron largas y pesadas, algunas de ellas totalmente inverosímiles, aunque juega a ambientarlas en un momento negro y depresivo de Barcelona, lo cual todavía las hacía más extraterrestres. Los personajes, por otra parte, se mueven a instancias del autor que no por propia voluntad… No obstante, en sus obras ni jura ni promete nada, así que llamarlo traidor, botifler, carece de sentido. Claro, me hubiera gustado hablar con personas de esta formación política para saber qué entendían ellos por traición y por una independencia sin fronteras. Y por manipulación en la escuela.

Pero volvamos a esto último. Creo que, visto lo visto, y no sólo con estos ejemplos, queda claro que una forma de evitarse el político los insultos, o que se transformen en alabanzas, es lograr que en su país haya un sólo queso, cosa que se consigue mediante la ignorancia y la televisión. Está claro entonces que la educación tiene un papel muy importante que jugar. Ahora bien, igual que no creo en las masas con sus palos y sus trapos, tampoco creo que la educación sea un todo compacto y cerrado. Gracias a los dioses siempre me he tropezado con maestros y profesores con algo o mucho de sentido crítico, y que me han enseñado a pensar. También lo ha hecho algún que otro amigo. La escuela no lo es todo en esta vida. Y uno, mal que le pese, por el trabajo que supone, tiene que aprender a pensar por sí mismo, a cuestionar muchas cosas de las que ve o lee, aun sabiendo que siempre le hará falta una rama a la cual aferrarse, pero sin muchas fuerzas, las suficientes para no naufragar, nada más. Para ello, por supuesto, hace falta tiempo y dedicación. Y nunca he visto tanta gente ocupada como en los últimos años: hay personas que no leen, dicen, porque no tiene tiempo, que no salen al campo a ver y respirar porque tiene muchas ocupaciones, que no viven porque siempre están en movimiento. Creo que hay un enorme horror al vacío. Tal vez por eso hay tantas cadenas televisivas, tantas series y tantas absurdas ocupaciones. Muchas personas no saben “perder el tiempo” ante un libro, una hoja en blanco, un cuadro, una sinfonía, una cerveza y un amigo, o ante una puesta de sol sin cerveza ni amigo.

Yo tengo mucho tiempo libre. Soy tan afortunado que hace muchísimos años que no juego a la lotería. Y me gusta conocer a la gente. Así que cuando me enteré de los odios de estas personas, algunas independentistas, a otro escritor, lo volví a releer. Se trata de Josep Pla. Leí algunos de sus libros en mi juventud. No recordaba nada de dichas lecturas. Ahora me han llegado al alma. Sus libros son una verdadera delicia. Y allá quienes no los sepan disfrutar. Ellos se lo pierden. Y la escuela, por si alguien lo ha olvidado, enseña a leer, no censura ni autores ni libros. Así que mi eterno agradecimiento a los maestros, doña Pepita y don Dionisio, que me enseñaron los palotes. El resto es cuestión de cada cual. Y nada se da sin esfuerzo. Vale.

[1]     Benito Pérez Galdós, El Empecinado, cap. V

[2]     En la guerra de Sucesión, partidario de Felipe V; que va con los enemigos de su tierra.

Portada: Josep Pla

Vicente Adelantado Soriano

Valencia/ España

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