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La impotencia de la humanidad

La “incertidumbre”, lo “desconocido”, la “desesperanza”, “esto es algo que jamás hemos vivido”, fueron expresiones comunes de personas con poder, especialmente en posiciones de liderazgo, que en circunstancias normales jamás hubiesen utilizado.

Lialdia.com// Waldemar Serrano Burgos/ Puerto Rico / 10 /28 – 2017 – Los zumbidos se sincronizaron con los latidos. No sabía si eran los míos o los del huracán. No era que las ráfagas fuesen rápidas o fuertes, sino que nos azotaron incansablemente por horas.

El proceso parecía no terminar y la incertidumbre de lo que encontraríamos se iba acumulando a cada minuto.

En el momento en que se detuvo todo, desde las ráfagas hasta la lluvia, fue un alivio temporero ya que cuando salimos a la calle la destrucción se había apoderado del paisaje que llevaba años rodeándonos.

La escena era desoladora por doquier. Las montañas reclamaron los espacios que les quitaron al ser cortadas por el mismo medio. Los ríos demostraron su poderío mortal al arropar todo lo visible por millas.

Carreteras inundadas de tierra, postes quebrados como si fueran las maderas que utilizan en las clases de karate, árboles de rodillas o hasta acostados. Incluso no podía creer la destrucción del lugar en donde mi padre había escogido estar luego de trascender esta existencia. Todo sucumbió ante su furia.

Me faltó el aire. El pecho quería explotar y las lágrimas fueron el escape perfecto para tan triste momento. Luego de un rato me recompuse, permití darme ese espacio de sentir sin restringir, ya que muchas personas necesitaban que fuese fuerte para ellos.

Luego vinieron los encuentros espontáneos que nos daban la oportunidad de escuchar a la humanidad en su más frágil estado. Estábamos localizados debajo del sol caliente del sur.

De frente estaba una “Leona”, de esas que en pleno proceso de proteger a sus cachorros hace lo indecible.

La pregunta tomó a la Leona por sorpresa. Era la misma que habíamos formulado por las pasadas semanas a cientos de personas y que nos permitió un vistazo al espectro humano.

A ese espacio con barreras al cual no dejamos que nadie se asome, a ese espacio en donde nos permitimos ser vulnerables, en donde salen a pasear nuestros defectos, miedos, inseguridades, en fin, quienes realmente somos.

Allí, con ojos bien atentos, suspiró profundamente. Sus ojos se aguaron y, con tono de voz quebrantado, nos dijo: “Sí, tuve mucho miedo, y cuando salí a ver lo que había pasado, aumentó la ansiedad. Entendíamos que podíamos encontrar muertos debajo de los múltiples derrumbes que tuvimos de norte a sur y de este a oeste.

 

De hecho, días después tuve que tener un espacio a solas, para poder llorar. Grité y hasta me arrodillé. Solo estaba pensando cómo íbamos a salir de estas circunstancias en donde ninguno de nosotros habíamos estado expuestos.”

En ese proceso de disfrazar nuestra intensión de desnudar las barreras que ponemos como mecanismo de protección, curiosamente encontramos una palabra que se repitió consistentemente en cada uno de estos diálogos: “Impotencia.

Estas diez sílabas fueron pronunciadas una y otra vez de los labios de todos con los que dialogamos en las pasadas semanas.

La “incertidumbre”, lo “desconocido”, la “desesperanza”, “esto es algo que jamás hemos vivido”, fueron expresiones comunes de personas con poder, especialmente en posiciones de liderazgo, que en circunstancias normales jamás hubiesen utilizado.

Pero el denominador común fue la cruda realidad de que cada uno de estos seres humanos estaba viviendo en carne propia algo indescriptible, cada vez que el sol se asomaba y sus ojos le daban la bienvenida.

Fue una persona de edad avanzada, sentada en una sala de un hogar rústico y sin un pedazo de su casa, la cual nos amarró el alma y nos sorprendió con su respuesta, la cual fue directa, honesta y profunda.

“Si, el día solo tiene 24 horas y no tenemos la capacidad de predecir lo que nos pasará ¿por qué insistimos en preocuparnos?”

“Que tal si recordamos que estamos aquí prestados, ya que nadie, pero nadie se salvará de irse de este paraíso en algún momento”.

“Eso de tener miedo es solo una ilusión la cual nos han inculcado desde que nacemos, no dependemos de nadie, pero estamos todos conectados, así que vivir en lo desconocido es la norma, es más, el vivir día a día como estamos en estos momentos es lo que debería de ser nuestro norte, no para llegar a algún lugar, sino para respirar lo que nos regalan, sentir lo que vemos, y sobre todo, disfrutar de quienes somos”.

Puede ser que este sea uno de los desastres más significativos en la historia de este archipiélago, pero a su vez, definitivamente, es un recordatorio de quienes somos, ya que hemos demostrado de qué estamos hechos, una raza que es parte de algo más grande y que su apellido es resiliente.

Waldemar Serrano-Burgos, CNBC
Certified Neuro-Business Coach

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