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HUELLAS EN LA ARENA

Los bunkers, han visto pasar el tiempo, han sido testigos mudos de una historia que va del horror al placer, de la acción a la nada, de dolor a la alegría de un día de verano.

Lialdia.com / Martha Liliana Polanía Perdomo / Bogotá/ Colombia/ 10/1/2017 – Es un día de verano. El sol calienta desde lo alto la dorada arena de la playa. El Cantábrico recibe a los turistas con toda la fuerza y belleza de sus enormes y fuertes olas que nacen mar adentro a los lejos de la playa y, a medida que se acercan crecen elevándose a más de dos metros de altura, para coronarse de blanca espuma hasta estrellarse en la arena;el mar brilla intenso e imponente. En las crestas de sus olas algunos surfistas desafían su poder y sus tablas giran entre el agua, la espuma, el sol y la arena.

Más de 100 kilómetros de playas deseadas por todos los deportistas que retan el fuerte oleaje. Sin importar cuántos lo estén ocupando,el extenso kilometraje de playas da cabida a turistas y deportistas. Desde el sur de Francia en límites con El país Vasco Español extendiéndose por la costa Francesa, estas Landas han hecho parte de la historia no solo de Francia sino del mundo. En tiempos antiguos, las Landas eran un lugar prohibido, misterioso y de peligro para quienes se atrevían a caminarlo. Terrenos pantanosos, habitados por mosquitos causantes de enfermedades,donde solo se encontraba el inmenso azul del mar, sus grandes olas y las playas de arenas movedizas que de cuando en cuando abrazaban hasta desaparecer,a peregrinos que tomaban esta ruta en el camino a Santiago.

Los terrenos que respaldaban la playa eran igualmente inhóspitos, desiertos donde no crecía nada. Por un lado, una costa brava y por el otro un interior estéril. Fue Napoleón III quien por alguna razón se enamoró de este extraño lugar y adquirió 8.000 hectáreas que hizo desecar en el interior, para sembrarlas con pinos marítimos que hoy en día hacen parte de los atractivos mas bonitos de la zona y del bosque más grande de Europa.

El paisaje cambió. La playa, con sus grandes olas que golpean fuertes sobre los acantilados rocosos de siluetas arquitectónicas,siglos después serían descubiertas  por amantes del surf.

Labenne es una de las tantas playas que pertenecen a las Landas Francesas. Caminar por su costa encajonada entre acantilados es una experiencia que se mueve entre emociones de placer y dolor.

Sentir la arena bajo los pies, el sonido de las olas reventando en la playa, la brisa suave de verano, las voces de los turistas, las risas de los niños y el ladrido de uno que otro perro, es sin duda una sensación sanadora. Es sentir por unos minutos que la tierra es un lugar hermoso, lleno de personas que conviven en paz. Sin embargo esta playa en toda su extensión así como la totalidad de kilómetros de las Landas, está llena de testigos de un pasado cruel y doloroso de nuestra historia. Anclados en la arena, recibiendo las olas, se encuentran centenares de bunkers de la segunda guerra mundial. Montañas de concreto que Hitler ordenó construir para repeler el ataque a sus tropas desde el mar.

Durante la segunda guerra mundial estas playas se cubrieron de muerte, los sonidos de las olas eran silenciados por el retumbar  de bombas, aviones de guerra, artillería y gritos de dolor. Su arena durante años se cubrió de rojo, al igual que la espuma de las olas. Sangre de miles de jóvenes que dejaron su vida ahogada entre el dolor de sus manos crispadas e impotentes de una guerra que no les pertenecía.  Han pasado un poco más de 70 años, desde que estas moles de concreto dejaron de ser instrumentos de defensa militar. Hoy, son testigos silenciosos de un pasado oscuro.

Observarlos desde lejos produce escalofrío, alineados entre el mar y la playa parecen un ejército fantasma, inmóvil, desajustado por la acción del tiempo, el mar y la arena, que poco a a poco los ha ido abrazando como a los peregrinos de Santiago.Todavía no desaparecen.

A su alrededor los niños juegan, son lugares perfectos para esconderse y jugar a la guerra, sirven de sombra para los turistas que cubren por centenares la playa, de baño improvisado para alguien afanado, o de lienzo de algún artista del graffiti.

La playa hoy es un colorido lugar de sombrillas, mujeres en bikini, manteles, tablas de surf, cometas, jóvenes, parejas de amantes, niños y  familias en busca de descanso y diversión. Caminar por la orilla del mar, es un desafío para evitar que alguna ola juguetona haga perder el equilibrio y envuelva el cuerpo reclamándolo para sus aguas, revueltas con la arena.

Los bunkers, han visto pasar el tiempo, han sido testigos mudos de una historia que va del horror al placer, de la acción a la nada, de dolor a la alegría de un día de verano. A  su lado, vieron como las huellas en la arena se transformaron de botas militares, a pies descalzos de todos los tamaños y edades, pies de lenguas diversas que se mezclan entre ellas, creando una melodía variada de sonidos. Sonidos que son acompañados con los acordes musicales de las olas, y el viento que serpentea entre los acantilados.

Martha Liliana Polanía Perdomo

Escritora y poeta

Del grupo de editores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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