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EL BUFÓN DE LA FARSA

Mal puede gobernar quien no es capaz de reprimir su lengua por temor de ganar unas elecciones, y no transmitir una cierta tranquilidad o rebajar la tensión en momentos graves y delicados.

Lialdia.com / Vicente Adelantado Soriano / Valencia/ España / 10/16/2017 – No es capaz de enderezar el que cae, ni de enseñar el ignorante, de imponer orden el que lo transgrede o disciplina el indisciplinado, ni de gobernar el que no se somete a gobierno.

Plutarco, Obras morales y de costumbres (A un gobernante falto de instrucción).

No hace mucho vino una ex alumna a casa a hacerme una pequeña entrevista. Dicha ex alumna está cursando magisterio, y le habían pedido una pequeña investigación sobre las diferencias entre la educación de otros años, le sabía mal utilizar la palabra antigua, y la actual. Obtuvo mi teléfono a través de amigos de mi hijo, que también fue compañero suyo durante algunos cursos. La chica, muy comedida, me dijo si podía contar con mi ayuda. Por supuesto que sí. La animé a que viniera a casa, y a que me hiciera cuanta pregunta considerara oportuna. Eso sí, me dijo que en su trabajo, mis respuestas iban a quedar de forma anónima. Ese punto me era indiferente.

Deseando, ya puestos a ello, ser lo más eficiente posible, le pedí que, caso de tener algún cuestionario, me lo enviara por el correo electrónico para poder contestar habiendo reflexionado mínimamente sobre sus preguntas. Así lo hizo.

Con la primera pregunta podíamos haber abierto un debate filosófico o político, o, humanista, por no seguir buscando calificativos. Me preguntaba qué características creía yo que debería tener un buen maestro. La idea que me vino a la cabeza inmediatamente fue regalarle los tres volúmenes de Juan Luis Vives que componen Las disciplinas, libro que, como he dicho en más de una ocasión en el desierto, en montes y valles, deberían conocer todos los maestros. No obstante, con eso no iba a ayudar en lo más mínimo a mi ex alumna. No me pareció justo decepcionarla y no contestar a sus preguntas. Me puse, pues, manos a la obra.

Contesté que para ser un buen maestro, como para ser cualquier otra cosa en la vida, lo primero y principal es tener vocación. Dicho de otra forma, que al maestro o profesor le guste la tarea que está desempeñando. Eso me llevó a reflexionar sobre la llamada inclinación o propensión hacia un trabajo. Y volví a pensar que es afortunado quien se dedica a lo que le gusta, y, encima, vive de ello. No es fácil lograrlo. Nada fácil. Admití sin reparos, contestando a la pregunta, que yo no me hice profesor por vocación: es, creo, lo último que deseaba ser en mi vida. Y la razón era muy clara: no me veía con valor, fuerza ni presencia de ánimo, para torear ciertas situaciones como había visto torear a algunos de mis profesores, en las aulas, siendo yo estudiante. Más de una vez sentí vergüenza ajena por culpa de mis compañeros, e imaginé lo mal que no estaría pasando el profesor objeto, a veces, de burlas y de faltas de respeto, como si fuera el bufón de la farsa.

Pero, claro, hay que comer y pagar hipotecas, ropa y demás cosas necesarias para la vida ¿Qué hice, pues, mientras tanto, hasta hacerme profesor? Hice un poco de todo. Y en los únicos sitios donde me encontré a gusto, y donde hubiera seguido hasta quince o veinte minutos después de mi muerte, fue en los archivos y en las restringidas bibliotecas que fatigué, con permiso de Borges, en tanto preparaba mi tesis doctoral.

Y me percaté entonces de que hay carreras universitarias cuya única salida es la enseñanza. No creo que, de haberlo sabido antes, hubiera escogido otra carrera de la que escogí.

Pero volviendo sobre mis visitas a archivos y bibliotecas, tengo que confesar que las tesis no sirven para nada. Y no hablo solo por mí. Aquí la investigación nunca ha estado bien vista, ni, por supuesto, remunerada. Y en la oposición puntuaba más el mediano conocimiento de la lengua autóctona, jamás del latín, que una investigación por muy seria y concienzuda que hubiera sido. La tesis, cierto es, sirve para acceder a la universidad; pero para eso también hacen falta otras muchas cosas, entre ellas o ser muy bueno y llegar en el momento oportuno, o tener el esternón muy corto y el estómago plano. No reunía, ni reúno, ninguno de los requisitos requeridos.

El mundo universitario no es, ni puede serlo, ninguna excepción de lo que acontece en la sociedad de la cual, por supuesto, forma parte. Tampoco lo es el maestro. Tanto mi ex alumna como yo nos habíamos tropezado, y ella todavía los tenía, con profesores y compañeros que tenían tanta vocación de maestros como de toreros o sexadores de la seguridad social ¿Qué sucedía entonces?

Volví a plantear, ya en la entrevista, que es difícil lograr vivir del trabajo que a uno le gusta. ¿Y qué se puede hacer en caso contrario? No dejar de intentarlo nunca. Vale más morir en el intento que morirse pensando que hubiera pasado si yo… Y mientras tanto, dije que había otro libro que también deberíamos conocer todos. A la pobre chica la estaba hinchando dándole bibliografía. Decidí resumir los libros, diciendo, cuando me acordara, que ninguna de aquellas ideas era mía sino que las había sacado de tal y tal autor. Y que lo más importante de todo era, profesor o fontanero, con o sin vocación, comprometerse con aquello que se estaba haciendo, fuese por vocación o por cuestiones familiares, o por lo que fuere. Me estoy refiriendo a lo que los griegos llamaban paideia. Lo podríamos traducir por el esfuerzo, constante, de tratar de ser el mejor en la profesión que se ha escogido o le han impuesto. Tal vez ese prurito, o afán de superarnos, nos hiciera descubrir en el trabajo que estamos haciendo que hay aspectos que no conocíamos, y que lo hacen interesante, al menos para nosotros. No se trata, pues, de ser un albañil, sino de ser el mejor albañil del mundo, o de intentarlo.

La diferencia, le expliqué a mi atenta ex alumna, entre los otros oficios, y el del maestro, como el de médico, político, y alguno más, es que estos trabajan con personas, no con máquinas, cajas de cartón, o motores. Y esto es algo que, por desgracia, se olvida con demasiada frecuencia. El profesor, dije, tiene que ser muy respetuoso con sus alumnos. Y la mejor forma de serlo, y de que este lo aprecie, es que el alumno tenga muy claro que el profesor domina la materia que está impartiendo, que no está allí para tomarle el pelo o para engañarlo. Los que enseñan no pueden mentir a sus alumnos, decía Séneca.

Y evidentemente este es el gran error que cometen algunos profesores, y muchos, muchísimos, quizás demasiados, políticos. Se olvidan, a menudo, unos y otros, que están donde están para formar a un grupo de personas, para administrar una nación, y para tratar de solucionar los problemas que la natural convivencia puedan ir creando. Y en lugar de eso se dedican a lanzar soflamas, a mentir, y a robar en algunos casos, para mantenerse en el poder. ¿Y para qué se quieren mantener en el poder? Puede ser, por supuesto, que haya políticos que están en política por verdadera vocación. Tal vez porque se creen capacitados para hacer la vida más feliz a sus conciudadanos. Eso supone que tienen un programa, que tienen ideas. Pero ¿esas ideas no tienen que ser sopesadas y calibradas por el partido político en el que están inscritos? No hay, al menos por ahora, ningún político que no pertenezca a uno u otro partido. ¿Y no es eso una perversión del sistema? Un profesor no tiene porqué pertenecer a ninguna formación, ni siquiera a un sindicato. Y tiene la ventaja añadida, además, de que está en continuo contacto con aquellas personas de las cuales tiene que ocuparse. No así el político.

Ese contacto es imprescindible, al menos en ciertas etapas de la enseñanza. Y no hay ningún libro de pedagogía que le indique al profesor cómo tiene que comportarse en una aula o en otra. Eso se aprende con la experiencia. La experiencia enseña que una clase no capta las explicaciones de la misma forma a las ocho de la mañana que a las doce. Y al alumno, por otra parte, hay que darle un cierto margen de confianza. Aprovechar, si se quiere, lo que ellos consideran que es una pequeña broma o una tomadura de pelo, o un descanso sin mayor importancia. El buen profesor tiene que ser capaz de reconducir a sus alumnos en todo momento. Y si alguna vez se falla, que se falla, no hay que desanimarse.

Había una clase, y se lo comunicó a las otras como si hubiera conseguido un gran logro, que siempre estaba pidiendo, a todos los profesores y a toda hora, hacer debates. No es que tuvieran problemas acuciantes o que no supieran qué hacer con sus vidas, ni mucho menos. No era así, porque en cuanto se les preguntaba sobre qué querían debatir, se hacía el silencio en el aula. Se trataba de conseguir un cierto descanso, una especia de relax. Pero había profesor que aprovechaba dichos debates para hacerlos hablar, para enterarse de lo que pensaban, de las cosas que les preocupaban, de lo que querían hacer el día de mañana. Hablaban los alumnos. Se confiaban. Discutían entre ellos. Y, jóvenes como eran, contaban sin dobleces los problemas que tenían con padres, amigos, profesores o con ellos mismos. A veces las clases se convertían en pequeñas catarsis.

Y luego venía la pregunta: ¿servía para algo aquello? Poco podía hacer el profesor, aunque conociera un poco mejor a sus alumnos. No obstante, estaba claro, y se notaba en el ambiente, que la clase se había transformado. Resultaba más fácil, entonces, impartir la asignatura. Y eso nos llevó a la reflexión de si la política y los políticos no adolecerían de ese defecto, de una pérdida total de contacto con la realidad, con la gente a la que se supone deben administrar. No deja de ser significativo la estúpida rigidez de algunos miembros del gobierno, y del partido político del gobierno, ante los graves problemas que están sucediendo en Cataluña.

Está claro que el profesor, en algún momento, como otras muchas personas, puede perder los papeles, y amenazar, o enfrentarse con el alumno que le está reventando la clase. Pero el político no está frente a veinte o treinta personas, sino ante una cámara o ante un micrófono. Y que amenace entonces, o que traiga a colación muertos y fusilamientos, despertando todos los fantasmas de la guerra civil, es tan necio como el continuo recurrir, de los otros, a Franco y a los falangistas. Alguien tiene que ser adulto. Ponerse todos al mismo nivel es pérdida de papeles por parte de unos, e insistir en una continua adolescencia por parte de otros.

De ahí, insistí, la importancia del teatro clásico en las aulas. Es importante que algunas personas se percaten de que para hablar un personaje, como sucede en el teatro, se tiene que callar el otro. Si quiere el director que el público se entere del diálogo. Y viendo una buena obra de teatro, Antígona, por ejemplo, siempre surge la pregunta sobre quién tiene razón. La respuesta es muy sencilla: o todos o nadie. Es decir, cada uno tiene su parte de razón, así que la mejor forma de evitar la tragedia es el diálogo, el reconocer la parte de razón del otro; el ser flexible, esa caña que cita Hemón cuando discute con su padre, el rey, por la rigidez de sus leyes: el pino fuerte y robusto, cuando vienen las grandes riadas, es arrancado y arrastrado, mientras que la débil caña, se inclina, deja pasar las aguas y los fangos, y luego se yergue y sigue hacia delante. Y una cosa, añadí yo, es ser flexible, y otra hacer gestos de sumisión.

Diversos y absurdos sistemas educativos, y una imperfecta democracia, han convertido al profesor en el bufón de la farsa, y al público en lo mismo: cada cuatro años, tras raciones y raciones de programas televisivos, se le ofrece la oportunidad de meter una papeleta en un urna, y ahí se acaba la democracia. Pero las personas y las circunstancias cambian. Malo sería para un profesor no percatarse de esos cambios, y malo, pésimo, para un político. Ni uno ni otro deberían perder nunca de vista que han sido alumnos, y que han sido subordinados. Mal puede gobernar quien no es capaz de reprimir su lengua por temor de ganar unas elecciones, y no transmitir una cierta tranquilidad o rebajar la tensión en momentos graves y delicados. No todo consiste en ganar elecciones ni en demostrar cuánto se sabe o cuán valiente y chulo se es. Sin convertir a nadie en el bufón de la farsa. No hace falta.

Vicente Adelantado Soriano

Escritor

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