You Are Here: Home » Cultura » PEQUEÑAS COSAS SIN IMPORTANCIA

PEQUEÑAS COSAS SIN IMPORTANCIA

En la dueña pequeña yaze muy grand amor;

pocas palabras cunplen a buen entendedor.

Juan Ruiz, Libro de buen amor.

Lialdia.com / Vicente Adelantado Soriano / Valencia/ España/ 7/6/2017 – Cuando entré en la pequeña sala de lectura, doña Paquita estaba, sola como de costumbre, sentada en un sillón. Tenía un grueso y viejo libro sobre las manos, y leía con suma atención. No quise interrumpir tan concentrada lectura, así que di media vuelta con la intención de marcharme. Pero mi querida amiga me había visto.

-No se vaya, no se vaya -me dijo cerrando el libro-. Pase.

-No quería molestarle -me excusé.

-No me molesta. Además -añadió sonriendo- los libros siempre los tendré conmigo y a los amigos y a los pobres, no.

-Yo -le contesté también sonriendo- como los libros, siempre estaré con usted, hasta su final.

-Bien. Se lo agradezco. ¿Y qué le parece si después de estas finuras nos dedicamos a hablar de cosas sin importancia o de menos enjundia?

-Me parece perfecto. Podemos hacerlo sobre cualquier tema. Por ejemplo, ¿qué libro está leyendo? No parece, por su aspecto, que lo acaben de publicar.

-Así es. Es una vieja edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Tengo un especial cariño a esta edición, no leo otra, porque es la que me regaló mi marido. Está dedicado -añadió alargándome el libro.

Me pareció una indiscreción leer aquellas letras, que juzgué íntimas. Aun así me fijé en los trazos: era una letra envidiable: elegante, clara y fácilmente legible. Todo lo contrario que la mía.

-Una letra preciosa -dije-. ¿Y cómo le ha dado ahora por volver a leer el Quijote?

-El mal sabor de boca que me dejó el otro día haber oído los debates de nuestros políticos por la radio. Pensé que con Cervantes podría expulsar todos los demonios y todas las necedades y tonterías que oí.

-Me parece una buena solución.

-A él añadí una antología de poesías de Juan Ramón Jiménez.

-¿Y ha surtido efecto?

-Sí, me estoy reconciliando con el mundo, o conmigo misma… o, no sé, estoy hallando una cierta alegría y contento, lo cual no es asunto baladí.

-No, no lo es. Creo que es importante que logremos estar contentos con nosotros mismos haciendo todo lo posible por ello… No recuerdo ahora si fue Séneca o Epícteto, o quien, dijo que las cosas contra las que nada puedas tú, que nada puedan contra ti. Y está claro que tenemos unos poderes limitadísimos.

-Sí, tal vez sobre las cosas de fuera. Pero sí tenemos, o deberíamos tener, un cierto control y poder sobre nosotros mismos, que somos tan pequeños e insignificantes.

-Estoy totalmente de acuerdo con usted. Aunque eso no debe dar a entender que el sujeto se desentiende del mundo que lo rodea.

-Por supuesto; pero sabiendo cuáles son sus límites, y hasta dónde va a  llegar. Y no amargarse por posibles y previsibles fracasos. Hay más gente en el mundo. Y muchos imprevistos.

-Desde luego. Se cuenta que al rey Filipo, cuando se disponía a acampar con su ejército, tras una larga marcha, en un hermoso emplazamiento, se le hizo saber que allí no había suficiente hierba para los animales de tiro. “¡Qué vida la nuestra -dicen que exclamó- si debemos vivir también según el interés de los asnos!”

-Hablando con usted, en serio, me doy cuenta de la enorme importancia que debería haber tenido, en la enseñanza, la educación clásica.

-Teníamos que dar de comer a los asnos. Además, la inmensa mayoría de los textos clásicos están en la red, y se pueden conseguir gratis. Lo cual no sé si es una ventaja…

-En cuanto me termine de leer El ingenioso hidalgo, me va a hacer el favor de pasarme alguno de esos libros. ¿Qué está leyendo usted?

-Pues verá -y no desaproveché la ocasión para lanzarle una pequeña pulla- hay varios libros que siempre me han gustado mucho, y que siempre he tenido la impresión de no haber comprendido del todo, de haberme dejado demasiadas cosas sin entender.

-Yo creo que esa es la sensación que se tiene siempre ante las grandes obras, ¿no?

-Sí. Creo que sí. Y en mi caso son los libros de Ovidio. Siempre me he hecho la promesa, o he pedido a los dioses, como usted quiera, que antes de morirme me concedan volver a leer, una y otra vez, las famosas Epistulae Heroidum, y, sobre todo y por encima de todo, Metamorphoseon, Las metaformosis, en castellano. Y como usted ya me ha predicho varias veces que voy a morir antes que usted, me he puesto ya manos a la obra.

-¡Ah! No haga caso de mis profecías. Yo estoy muy bien. Y voy para largo. Pero, una duda, ¿las está leyendo en castellano?

-No. Por eso tardo más. Pero así también me demoro en las palabras, y me regodeo con ellas. Y por cierto, en la edición que estoy manejando, hay una nota a pie de página en la que se especifica que el retrato que hace Ovidio, en el principio de Metamorfosis, de le edad dorada o de oro, fue aprovechada por Cervantes para El ingenioso hidalgo.

-Sí. Es cierto. En el discurso de don Quijote a los cabreros. Lo leí ayer sin ir más lejos. Y una nota a pie de página también me remitía a Ovidio y Virgilio. Qué curiosas nuestras coincidencias. La lectura me hizo acordarme de dos maestros que tuve… bueno, uno fue mi maestro cuando comencé a ir a la escuela, y el otro un profesor de literatura en 5º o 6º de bachiller, ya no recuerdo.

-Es interesante como, con el paso del tiempo, vamos cargando las lecturas con nuestras propias experiencias. En verdad nadie se baña dos veces en el mismo río, ni lee dos veces seguidas el mismo libro.

-Es cierto. Leyendo el discurso de don Quijote a los cabreros, no sé a santo de qué, me acordé de una terrible tarde en la escuela del pueblo. Un compañero, a la salida del colegio, a medio día, se subió a un poste de la luz de alta tensión… las voces de un vecino le hicieron bajar antes de que ocurriera una desgracia. El vecino alertó a la madre, y la madre, no sé porqué, se quejó al maestro. Este le pegó una soberana paliza al alumno con una vara. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no orinarme encima… Fue terrible. Luego el maestro trató de justificar aquello diciendo que el hombre tenía que nacer teniendo ochenta o noventa años, y morir siendo un crío; así de adolescente, y no sé cómo, tendría la experiencia de una persona mayor, y no haría las tonterías propias de la edad.

-Pura ciencia ficción. O necesidad de justificar los zurriagazos.

-Eso pensé yo. Un imposible. El otro profesor, en 5º o 6º de bachillerato, pretendía que no leyéramos nada actual sin haber leído antes a los clásicos. Caso contrario, no íbamos a entender nada.

-Eso es muy relativo. Primero para que esa enseñanza fuera eficaz habría que explicar muy bien a los alumnos las obras que van a leer. De no hacerlo así, los alumnos no entenderían nada, y se aburrirían. Sería perjudicial. Sin olvidar, además, que autores hay que conocen a los clásicos tanto como los misterios del santo rosario.

-Sí. Pero publican y ganan dinero.

-Para eso, señora, sólo hay que ser medio famosillo, o tener relaciones turbulentas con alguien que lo sea. ¿Cuántas personas cree usted que han leído El ingenioso hidalgo..?

No lo sé. Pero me temo que muy pocos. Y otros, con él en las manos, deben haber hundido la casa a bostezos. ¿No le parece que es un fallo del sistema educativo?

-No. Todo lo contrario. Yo creo que es un triunfo. La literatura, la filosofía, la poesía, la música, las matemáticas, la astronomía, todo en fin, nos puede hacer mejor de lo que somos si lo enfocamos bien; pero no se trata de conseguir personas sanas y felices. Se trata de crear seres pasivos, que aprieten tornillos… ¿Ha visto usted Tiempos modernos, de Chaplin?

-No, no he visto la película. Pero si entiendo lo que quiere decir, le diré algo similar apuntaba Quevedo: un pueblo de idiotas es la seguridad del tirano.

-Y no hay peor idiota que aquel que lo es por vocación. Mire, en esta vida, querida amiga, todo tiene un límite y un fin. Y usted y yo, ahora, no tenemos que mover el campamento para que coman las bestias de carga. Somos dueños de nuestro tiempo, y podemos lograr muchas, muchísimas cosas. Cultivemos el huerto, pues.

-Pero no es una pena…

-¿Me permite que vaya a mi habitación a por una libreta?

-Por supuesto. Aquí lo espero.

Volví al cabo de unos minutos con una gran libreta en la mano. Mi letra es retorcida y endiablada. Así que tuve que leer yo en voz alta. Y con ello terminamos tan insulsa reunión, y nos fuimos a pasear:

-Dice Isócrates en sus Discursos: “tanto rechazan la verdad de las cosas, que ignoran las suyas propias, se disgustan si reflexionan sobre sus asuntos particulares, y disfrutan, en cambio, discutiendo sobre los ajenos.” No sé -añadí- si está bien buscado y hallado. Pero tenía tantas citas apropiadas al caso, que le he leído la primera que me venido a los ojos. Y estos libros están en la red, y no cuestan nada.

-No está mal -me dijo sonriendo y levantándose- pero quiero que se supere, que no hablemos de tanta cosa baladí.

-Cuente con ello. O moriré en el intento.

-No se muera que sin usted esto será un aburrimiento.

-Me encantará cumplir esa orden.

Vicente Adelantado Soriano

Valencia/ España

Escritor y poeta

Autor de Tíos y Primos y La Promesa

 

About The Author

Editor

Number of Entries : 8309

© 2011 Long Island al Dia - Powered By Wordpress - Diseño Web Bravo Advertising

Scroll to top