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SENATUS

trump como cesar

No hay peor género de injusticia que la de aquellos que en el preciso momento en el que están engañando simulan ser hombres de bien. Cicerón, Sobre los deberes.

 Lialdia.com /Vicente Adelantado Soriano/ Valencia/ España/ 4/15/2017 –  Me levanté antes de que terminara la reunión. Las personas que estaban interviniendo se repetían. Con muy pocas variantes, determinadas más que nada por las cuerdas vocales, todas venían a decir lo mismo una y otra vez. Me recordó una clase, allá en mi lejana juventud, cuando todos los alumnos, unos detrás de otros, leyeron un trabajo que todos, sin excepción, habían calcado del mismo lugar. Me siguieron dos o tres personas. Nos llamaron en vano.

-¡Compañeros! -dijo el señor Tomás- que esto no ha terminado todavía.  Necesitamos quorum.

Por toda respuesta levanté la mano con un gesto que se podía interpretar como saludo o despedida, a gusto del espectador. Y no hubo más. Como viera que una de las personas que se había levantado era doña Paquita, la esperé en la puerta. Juntos nos dirigimos a un banco del jardín. Hacía una tarde preciosa.

-No me he ido antes -le expliqué a doña Paquita- por no parecer excesivamente grosero.

-La verdad es que ya se estaban poniendo un poco pesados. Todos diciendo lo mismo. Y además llevo toda la mañana soportando llantos y quejas por la muerte de esa chica tan joven. ¿Se ha dado cuenta? Hay algunas personas que hasta en la muerte son ridículas. Todas repitiendo, como una salmodia, que Dios, o quien sea, se lleva a la gente joven en tanto que a los viejos, tontos e inútiles, nos tiene aquí…

-Bueno -dije- no haga caso. Un tópico más. Es la vieja cantinela de siempre. Y la eterna hipocresía. En estos casos siempre me viene a la mente, como un recuerdo fiel, una obra de teatro, Alcestis, de Eurípides.

-Usted siempre con sus cosas.

-Creo que estará usted de acuerdo conmigo, ilustre senado sine quorum, en que nos estamos olvidando de nuestras obras y de nuestro arte. Hablo como ciudadano del mundo.

-¿Y qué tiene que ver eso con lo que estamos diciendo? Sorpréndame.

-Mucho. En la obra de Eurípides, se cuenta que, no recuerdo si Apolo o la Muerte, o quién, se le aparece al rey Admeto y le dice que va a morir. Pero que tiene tres días para buscar a alguien, por si no desea hacerlo él, para que muera en su lugar.

-Una peregrina idea. Qué cosas tenían los griegos.

-Y ya se puede imaginar usted lo que desencadena. Pues una cosa es predicar y otra dar trigo. Así que el pobre rey Admeto que, como casi todo hijo de vecino, no desea morir, se dedica a buscar a alguien que quiera hacerlo en su lugar.

-Parece una broma de muy mal gusto.

-Tal vez lo sea. Lo de mal gusto, no obstante, yo lo cambiaría por humor negro. Este creo que todavía no está penalizado. Por lo menos si se refiere a personajes de hace miles de años.

-Y, por supuesto, volviendo al tema, nadie quiere ocupar el puesto del rey Admeto. Todo el mundo desea vivir.

-Ni siquiera los padres de Admeto, dos ancianos con pocas posibilidades de vivir mucho más tiempo, aceptan morir en lugar de su hijo.

-Eso -me dijo doña Paquita cabeceando- ya me resulta un poco más difícil de creer. Una madre hace muchas cosas por un hijo. Hasta morir por él si hace falta.

-Es posible. Pero no todos estamos hechos de la misma pasta, y la hipocresía humana alcanza tanto a padres como a hijos.

-Entonces el pobre Admeto muere.

-No. Es su mujer, Alcestis, la que ocupa su lugar en la pira funeraria.

-¿Y él lo acepta? -preguntó sorprendida doña Paquita.

-Sí. Nunca he entendido cómo semejante mujer se pudo enamorar de semejante ganso.

-Y por eso considera usted que todo lo que se ha dicho esta mañana, que se los viejos vivimos y los jóvenes mueren, y Dios se ha equivocado…

-Hablar por hablar -interrumpí-. Hay otra obra de teatro, El extraño jinete, de Michel de Ghelderode, que también incide en lo mismo.

-Está usted hoy muy teatrero.

-Sí. La memoria no descansa. La otra tarde, cansado ya de leer, pasé por la sala de la televisión. Allí dormitaban varias personas ante la pantalla del televisor. Estaba conectada. Y el Gran Patán Rubio, lleno de furia, decía que iba a bombardear Siria porque el presidente siriaco había dado la orden de matar a inocentes bebés. Y repitió la palabra bebés una y varias veces. Como si eso lo cargara de razón. Y además los había matado con bombas rebosantes de gas sarín.

-Es una muerte bastante cruel. E inhumana.

-No le digo que no. Pero en la obra de Ghelderode, que me vino rápidamente a la memoria, ambientada en una especie de asilo como este, pero de la Edad Media, todos los viejos se alegran cuando el Extraño Jinete, la Muerte, se lleva a un bebé y los deja vivir a ellos con sus achaques y sus miserias. Ha pasado el miedo y el peligro.

-Lo malo de esto es que, parece ser, ese señor ha dado la orden de iniciar una guerra, o algo similar. Parece que los barcos de guerra se dirigen hacia la zona. Y seguramente habrá más bebés muertos. Muchos más.

-No le quepa duda. Y más gente inocente. Pero los Patanes de aquí le han dado su apoyo al Patán de allá, y todos están contentos y felices. Porque vamos a vengar a unos bebés muertos injustamente. Los otros morirán con toda justicia y muertos por las fuerzas del bien. Y hasta en los telediarios se está diciendo que ahora es cuando el Gran Patán Rubio está demostrando que es un verdadero presidente. Con un  par de portaaviones y viento en popa y a toda vela.

-¡Dios mío, qué horror! Parece que siempre estamos igual. Y mientras, los refugiados pudriéndose en unos campamentos que ya parecen campos de concentración.

-Efectivamente. La situación me recuerda a cierto pasaje, ya no recuerdo quién lo dijo o lo escribió y dónde lo leí. Y que seguramente será interpretado como machista. Pero se lo cuento. Dice el dicho que a la mujer hasta los catorce años, y a partir de los sesenta, la resguarda la naturaleza. Entre esas dos edades es pasto de las llamas.

-Es decir, que es conveniente ir a todo lugar con el documento de identidad. O el libro de familia.

-En la guerra podíamos hacer lo mismo: enseñarle el dni o el pasaporte al enemigo y que no nos disparara. O a la bomba, para que se detuviera en el aire, como si fuera un milagro del bueno de san Vicente.

-Parece un chiste.

-Lo es. Cuando el Patán dio la orden de bombardear la base desde la cual, según dicen, salieron los aviones que dejaron caer el gas sarín sobre los bebés, llamó antes por teléfono, como en un chiste de Gila. -Oiga, ¿es el enemigo? Que se ponga. -Dígame. -Oye que vamos a bombardear tu base; retira al personal no sea que alguien vaya a salir dañado. Ah, y los aviones, que no te los queremos estropear. -Vale. ¿Y a qué hora pensáis bombardear? Es para limpiar las pistas, y para que se vea luego que las bombas han caído…

-Tiene usted una terrible facilidad -me dijo doña Paquita- para verlo todo como si fuera un esperpento.

-¿Y acaso no lo es? ¿Por qué se cree usted que se está persiguiendo con tanta saña el chiste y el humor en nuestro país?

-Porque estamos en una tierra de mediocres. En eso estamos de acuerdo, creo. Ayer sin ir más lejos estaba viendo las noticias en la tele…

-¿Y a quién se le ocurre?

-Mire, una debilidad. Bueno, pues todas las noticias se resumieron en que en una procesión dos personas se liaron mamporrazos, comenzaron a gritar, alguien pensó que aquello era un atentado, y fieles y gentiles, presas del pánico, empezaron a correr… y a partir de ahí se nos han contado todas las estampidas que ha habido de un tiempo a esta parte. Por cierto, el término estampida estaba en inglés.

-Es que así queda más fino. Pero los periódicos no se quedan atrás en esto de las noticias absurdas. Imagino que lo harán para no hablar de lo verdaderamente importante. Ya he dejado de leerlos, aunque los ojeo de vez en cuando. Y es curioso: están convirtiendo en noticia todas las tonterías que sus compañeros de las televisiones dicen en las mismas, cuando no en explicar porqué las cubiertas de los albañales son redondas o las alcantarillas cuadradas, o la importancia que tuvo el escupitajo de un general antes de una batalla.

-Sí. Tiene razón. A mí también me ha llamado la atención eso. Y me ha recordado la humorada que me contó un compañero de instituto cuando le pregunté por el resultado de un concurso literario al que se había presentado.

-Yo -me dijo- sólo me he presentado a concursos que se organizan en la ciudad. No sé. Soy muy supersticioso. Y pensaba que si llevaba yo el cuento en persona ganaría el concurso. Y ni aun así. Como todo buen perdedor pensaba que los concursos estaban amañados. Qué tonterías llega a pensar uno, ¿verdad? Me aferré a mi manía hasta que un día me llamaron para formar parte de un tribunal. Presenté una narración al mismo, la llevé yo en mano. Y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que, al abrir la plica, el cuento se fue borrando ante mis ojos. Me quedé, estupefacto, con un montón de folios en blanco. Por eso no he ganado nunca ningún premio.

-Pues la solución está en presentarse fuera de la ciudad, y hacer el envío por correo -le repliqué.

-Es que de esa forma -me dijo- no podré controlar yo lo que pasa.

-¿Me está usted contando -le pregunté a la sonriente doña Paquita- una metáfora sobre los políticos y el periodismo?

-¡Por Dios! -exclamó- en la vida se me ocurriría. Estamos hablando de si son galgos o podencos.

-Vale. Y como decía Catón, la televisión delenda est. Pero no se preocupe: avisaremos primero, no vayamos a despeinar a alguna joven locutora.

-Sí, desde luego. Con lo que está cayendo, y estos contándonos que si nieva en un pueblecito que hace doscientos años que no llueve, y poniendo fotos y más fotos de los televidentes. Es todo de una vaciedad y una mediocridad insostenible.

-Lo mejor de algunos periódicos siguen siendo los chistes. Yo conservo uno de Forges que me encanta. Ambientado en la Edad Media, o algo similar. Un reo tiene puesta la cabeza en el taco de madera. El verdugo espera, hacha en mano, y con la cara tapada. Mientras, un fraile recorre el cadalso a grandes zancadas. En una pancarta, que luce brazos en alto, como cuando se anuncia en un combate de boxeo el asalto, lleva escrito que la gente se apunte a la cruzada. El reo. lleno de resignación, dice que odia los cortes publicitarios.

-Humor negro.

-Si en lugar de ese verdugo, hubiera puesto un pelotón de fusilamiento, y alguna otra cosa más, estaría camino de la cárcel. Creo que me entiende.

-¿Y usted cree que esta vaciedad y ese miedo al humor son producto del vacío y necio sistema educativo?

-Tal vez. Nemo dat quod in se non habet.

-¿En román paladino como suele el pueblo fablar a su vecino?

-Nadie da lo que no tiene. Y juzgamos, añado, según lo que somos. Y como nos juzgan por lo que son, cuentan lo que nos cuentan, y se escudan en lo que se escudan. Y a buen entendedor, etcétera. Y como decía fray Jorge de Burgos, verba vana aut risui apta non loqui[1]. El nombre de la rosa. Sólo donde hay temor hay silencio. Y respeto. Mucho respeto. La necedad necesita del respeto. Aunque algunos, sin llegar nunca a provocar la carcajada, sean mejores cómicos que políticos.

[1]     No se deben decir palabras vanas que provoquen la risa.

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