Psicoanálisis y Educación: LA LETRA CON SANGRE NO ENTRA
Lialdia.com - Jaime Icho Kozak - Es un principio educativo, el hecho de admitir que es necesario para crecer, el procesamiento de un cierto grado de agresividad, y debemos entender que pueden ser episodios sin mayor trascendencia en las relaciones familiares. Recordemos que aprender a amar nunca va solo, y que las dificultades frente al amor es uno de los problemas más sobresalientes de los tiempos que corren. El aprendizaje en el terreno de los sentimientos, nos enseña que son caras de una misma moneda como son el amor y el odio en su amplia gama y variantes, como si se tratara de una misma palabra amor-odio.
Claro que si la agresividad traspasa ciertos umbrales, se puede convertir en un problema de serias consecuencias. Sin embargo, es necesario que un niño sea capaz de expresar en libertad una serie de digamos “protestas”. La educación es un proceso, de “natural” integración a un conjunto humano con pautas culturales previas y convenidas, y no se trata de una simple adaptación o de la adquisición pasiva de tal o cual modo de conducirse.
Lo típico de la dinámica de una familia, en el aprendizaje de hábitos, muestra que el niño puede aceptarlos o rechazarlos, pero no puede cambiarlos. Pensemos en un ejemplo: la madre ofrece sopa a su niño de dos años y pueden pasar dos cosas: a- el niño la toma; b- el niño la rechaza. Si la toma, la experiencia es positiva y todo anda bien; si la rechaza, la madre, de momento, abandona la oferta. Como se puede ver, hay dos situaciones posibles: el niño acepta o rechaza. Lo que no es aconsejable, es darle otra sopa, u ofrecérsela en una taza, o prometerle un premio o llamar a una asistenta o a una tía en su auxilio, o contarle un cuento, o ponerle juguetes sobre la mesa o encender la TV, ni nada que consista en cambiar la situación condicionante básica.
Tampoco se puede obligar al niño a comer por la fuerza. Este aspecto suele ser el menos comprendido por los mayores, que creen posible forzar la situación en dos sentidos, a saber: 1- mediante la persuasión; 2- por medio de la fuerza.
La persuasión consiste, en definitiva, en hacer al niño dueño de la situación y “comprarlo” para que coma en ese momento, es decir, se invierte la situación funcional dando al niño la clave de su educación en esa circunstancia.
En realidad, la mejor manera de persuadir es no persuadir.
Después está la cuestión de la fuerza, que representa un aspecto importante del gran capítulo de la denominada educación por la autoridad. Aun hoy día en muchos lugares del planeta, se oye a padres, a no pocos profesores e incluso a algunos médicos, afirmar con suficiencia y convicción: “Ante todo, un niño debe aprender a obedecer”. Lo dudoso de esta idea, reside en que se entiende por obediencia que el niño debe aceptar en todos los casos la pauta cultural, y que no tiene opción a negarse o a rebelarse frente a ella; que debe aceptarla de manera inmediata, y que si no lo hace el padre tiene derecho a obligarlo compulsivamente mediante el uso de la fuerza o el castigo físico.
El tipo de padre o profesor autoritario, está lejos de ser una especie extinguida y aun los padres más conscientes, tienen a veces explosiones de autoritarismo y la cuestión en juego es si lo llevan hasta sus últimas consecuencias o corrigen a tiempo. Los resultados de la intransigencia no son nada beneficiosos, ni para el hijo ni para los padres, ni para el conjunto al que pertenecen. En realidad, es casi imposible someter a un niño pequeño, situación en la que el padre gasta su autoridad, hace una parodia de mando y casi diríamos: queda un poco en ridículo. Oponer a la resistencia de un niño una contraofensiva, es transformar el hogar en un campo de batalla entre grandes y chicos, donde ambos pierden y no está claro quien pierde más.
Hay que tener en cuenta que ciertas negativas precoces y rechazos tempranos, pueden formar parte del desarrollo y cumplir su función en una personalidad en formación, puesto que son la base de un espíritu crítico y de una no menos necesaria independencia y de respeto a sí mismos.
En relación a los temas que mencionamos, recuerdo un escrito de Hermann Hesse que dice: “ Cuando éramos niños habían derrochado no poco esfuerzo en doblegarnos la voluntad, como decía la pedagogía piadosa por aquél entonces, y, de hecho, consiguieron doblegar y destrozar un montón de cosas en nosotros; pero precisamente la voluntad, no; precisamente lo único, lo innato en nosotros, no; aquella chispa que nos convirtió en outsiders y seres raros”.