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Psicoanálisis y Educación: Autoridad es distinto de autoritarismo

 

Lialdia.com - Jaime Icho Kozak  /  La realidad es múltiple, quiere decir variada, y en los temas que estamos tratando, podemos decir que hay muchos padres que creen que sólo hay dos maneras de educar:

1- reprender al niño, cuando no hace exactamente lo que esperan de él, o bien

2- obligarlo a obedecer. Pues bien, ambas creencias, son insuficientes para generar el crecimiento personal. ¿Cómo educar entonces?

Acerquémonos a la cuestión, y veamos si sería posible llevar adelante las funciones familiares, de modo que el niño no pueda imponer ocurrencias a su antojo y deba operar dentro de ellas, recibiendo en cambio las gratificaciones afectivas, que representan una necesidad elemental para su integración. Claro que puede estimularse a un niño con palabras, pero su valor no reside en el contenido racional y aparentemente lógico que tenga un discurso, sino en los mimbres emocionales implícitos en el vínculo, es decir, en aquellos que las palabras se digan entre sí.

Con frecuencia se menciona el estímulo en la educación, como si se tratara de una entidad pedagógica unívoca y positiva. Estimular, se supone que es ayudar, elogiar y apoyar. Dicho criterio, resulta en ocasiones un poco lineal y básicamente pareciera, que se tratara de un programa de entrenamiento. El efecto de un estímulo, también se puede evaluar en sus resultados.

Recordemos un criterio biológico, que quizá nos sea útil para acercarnos a una reflexión: se dice que un estímulo pequeño despierta la actividad vital; los medianos la aceleran; los fuertes la inhiben y los muy fuertes la paralizan. La educación de un niño, podría apoyarse en una serie de pequeños estímulos, oportunos y adecuados, capaces de generar o acelerar su incorporación satisfactoria al medio social, sin llegar a inhibirla o paralizarla.
Recordemos que recorrer un largo camino, comienza con pequeños pasos.
El problema es digno de ser estudiado, ya que un criterio u otro puede llevar a diferentes destinos en la vida de mujeres y hombres, es decir, futuros padres y educadores.

Un niño, a quien los padres en el ejercicio de una presunta“autoridad”, quiebran su voluntad y le reclaman a cada paso sumisión, reacciona necesariamente con obstinación, rebeldía y enconada resistencia. Si se somete, de momento, porque no le queda alternativa, es para buscar otros medios de liberación y su ansia de no sucumbir le dicta salidas, digamos, “neuróticas”, que representan una vía de escape, o su mejor defensa. En tal caso, puede llegar a retroceder, emocionalmente, a una etapa anterior de su desarrollo, en la que era supuestamente “feliz”, y hasta negarse a crecer como aquella figura literaria tan conocida: Peter Pan.

Otros recursos, se pueden encontrar cuando la fuga de la insoportable realidad, le brinda algún consuelo o le permite una salida hacia lo que se llama el “beneficio secundario de la enfermedad”. Podemos citar algunos ejemplos: utilizar un dedo como un resabio del chupete infantil; o prácticas de estímulos de partes del cuerpo, a escondidas; o adoptar una serie de movimientos involuntarios como golpear la cabeza contra la almohada o contra objetos de más riesgo; enrollar un mechón de cabellos de manera reiterada y compulsiva; o succionar el borde de una manta o sábana. La situación puede ir en aumento, y entrar en una fase de agitación cuyo prototipo pueden ser las llamadas “rabietas y pataletas”, que a los padres que sólo se atreven a ver la superficie de las conductas de sus hijos, o a ciertos médicos que no “creen” en la Psicología infantil, les pueden parecer excesos inexplicables, “caprichos de alguien a quien no le falta nada”.

No es difícil imaginar, a dónde puede conducir el autoritarismo, aplicado a reprimir los síntomas o manifestaciones que con su actitud provoca, con la finalidad de que el niño coma a su hora o no exprese su protesta y su malestar anímico: a la violencia física y moral, para que no se chupe el dedo o a castigos que pueden consistir en atarle las manos o las piernas, para evitar que se toque donde no debe o se frote inadecuadamente.

Tales prácticas, aplicadas con sistema y rigor, pueden en no pocos casos, doblegar el carácter de un niño, que tal vez crecerá destruyendo todo impulso espontáneo y de respeto hacia sí mismo, toda legítima ambición. El resultado suelen ser esos seres humanos descritos en el cine y la literatura que tantas veces hemos visto: cobardes, serviles, indiferentes, escépticos, descorazonados, tristes, que la realidad nos muestra con más frecuencia de lo que sería deseable.

Los procedimientos educativos aplicados a los niños, adquieren una gran importancia porque está en juego su futuro y es quizá, la cuestión más importante a debatir en las modernas concepciones de la educación, aquellas en las que se basa la posibilidad de la prevención y la profilaxis, en general de cuadros agudos o crónicos en el campo de la salud mental, física y social.

La educación, me parece: no debería fundarse en la fuerza y sí en el respeto. Y podríamos pensar, que así como a los pequeños príncipes se les otorga el trato de futuros reyes; a todos los niños se los debería tratar como a los futuros hombres y mujeres, que asumirán las responsabilidades de sus vidas y de las generaciones futuras.

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Jaime Kozak

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