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Psicoanálisis y Educación: ENSEÑANDO, SE APRENDE.

 

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Por: Jaime Icho Kozak

Comenzaré diciendo que una adecuada orientación de un niño y en general para la buena marcha de una familia, es necesario que cada uno acepte la función que le corresponde. Con la salvedad de que para el niño, tal aceptación representa un hecho vital en cierto modo impuesto. Para los adultos, la función está supuestamente aceptada por el hecho de formar e integrar una familia. Sin embargo, la clínica cotidiana de dicha situación, muestra que a veces esa realidad dista mucho de ser plenamente asumida.

En general, no hay una formación para ser padres.

Cada integrante de una familia o de una pareja, tiene con respecto a un niño o niña un papel personal y definido. También es evidente que las funciones familiares, no se establecen por un simple imperativo moral o psicológico.

La familia es una antigua institución, sostenida por la tradición, la cultura, las religiones, los códigos, los tabúes y los prejuicios; y dando esas cuestiones como implícitas, consideramos algunas actitudes para intentar abrir una reflexión.

Ningún hecho aislado significa lo que a primera vista puede parecer.

Por ejemplo, que un padre salga a pasear con su hijo, puede ser visto como un excelente hábito, pero para el niño podría carecer de significado especial. En cambio cuando un niño rompe una copa, si en lugar de recibir una respuesta violenta, encuentra una explicación de que se trata de un lamentable accidente, pero no grave y que no debería repetirse, puede llegar a ser una actitud favorable a las buenas relaciones. Este criterio de que los actos psicológicos se miden por su calidad y no por su cantidad, es importante para regular las funciones familiares y puede ser complementado con dos principios básicos.

1-   Las palabras solas no bastan. Creo que fue Rousseau quien dijo: si los niños entendieran razones, no tendrían necesidad de ser educados. Es prácticamente inútil dirigir a un niño sermones o gritos. Las palabras han de ser activas, es decir directamente vinculadas a un hecho concreto y reciente, y han de ser efecto de la verdadera actitud de quien las pronuncia. Es más decisiva la posición que el padre ocupa en la constelación deseante de la familia que lo que dice. Por ejemplo, si la madre no desea o no respeta al padre, difícilmente su palabra será eficaz.

2-   Más importante que el comportamiento de los padres frente al pequeño es la actitud de los padres frente a sí mismos.

Estas proposiciones, que así enunciadas pueden parecer un tanto generales, se pueden aclarar con un ejemplo. En cualquier momento en que se trate de poner límites o de un llamado a la atención, el niño debería percibir claramente que la madre o el padre, están molestos pero no por eso lo dejan de querer y es más, que la reprimenda o la prohibición son una manera de hacerle un bien, que es un cuidado aunque en ese instante no lo sienta así. Tampoco la situación debería resolverse en expresiones comunes o frases hechas tales como: “te lo digo por tu bien”, o “ a mí me duele tanto como a ti”; sino que la eficacia dependerá de una predisposición verdadera. Esto quiere decir que los padres no deben perder el control de su “agresividad”, sino mantener dentro de lo posible, un talante positivo acorde con la calidad y responsabilidad de la función que están cumpliendo. No se trata de que sean estatuas ni modelos pedagógicos, sino que deben tener en cuenta hasta que punto valoran y respetan a su hijo.

Integrada por personas e individualidades diferentes, en última instancia la familia podría funcionar como un equipo, y como tal estar regulado por una filosofía y una dirección. Esa unidad, difícil de definir se puede percibir, y no está sostenida por factores intelectuales,- porque por supuesto que se puede pensar diferente en una familia-, sino que está formada por rasgos afectivos que llevan a la difusa pero importante sensación de sentirse protegido, de que se es amado y apoyado por un grupo al que se pertenece.

Alguien intolerante frente a sus propios errores, lo será también con los de sus hijos y podía confundir errores con proceso de aprendizaje y crecimiento.

Toda espiritualidad y toda cultura tiene dos matices fundamentales: dar seguridad e impulso y luego, la segunda, permitir que los hombres y mujeres del futuro se desarrollen, prestarles servicios y cuidados desde los comienzos, darles aire para respirar.

 Jaime Kozak

Lea la serie Psicoanálisis y Educación en los siguientes enlaces:

Educar no es domesticar

Parejas, desparejas

Clínica de la pareja

Cuerpo sano, en mente sana

Inapetencia, no es falta de hambre

Enfermedades de la familia

¿ Cuándo deben dormir solos los hijos?

El sentido de la responsabilidad

Primera escolaridad

El padre de nuestros hijos

La obra completa de Jaime Icho Kozak en Long Island Al Día, en este enlace

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