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Psicoanálisis y educación : Inapetencia no es falta de hambre / Jaime Kozak

 

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Por: Jaime Icho Kozak

La inapetencia es la ausencia de apetito, que no debe confundirse con la falta de hambre. Un niño puede no tener hambre, es decir, la imperiosa necesidad de restaurar sus fuerzas físicas. Esto puede deberse a una enfermedad cualquiera, aguda o crónica; en tal caso, el niño además de no querer comer, presenta otros síntomas de enfermedad (fiebre, decaimiento, palidez etc). Se trata entonces, de una circunstancia puntual, es decir que aparece en un niño que antes comía bien y que después de curado volverá a comer.

El “inapetente”, es un sujeto que no solamente no come o no ha comido bien, sino que tiene relaciones conflictivas con el acto de comer. Por ejemplo, come bien fuera de casa y mal en casa; come bien determinado plato y rechaza los demás y por lo general, hace cosas “raras” en el momento de comer: pide que le sirva la comida una persona determinada o en un plato particular, en un sitio y no en otro. El momento de comer se vuelve un drama o una comedia en la vida familiar. A veces, los protagonistas sienten que rondan la tragedia. Y esto se repite todos los días varias veces. Por poco que se observe la situación, puede decirse que la vida familiar gira alrededor de la comida del niño, poniendo en evidencia trastornos en las relaciones familiares; unos y otros hablan del tema insistentemente; si el niño comió o no comió, y cuando vuelven del trabajo la primera pregunta es: ¿Comió el nene?

La abuela indaga por teléfono varias veces, la madre ve acercarse con terror el momento de la comida y no es raro, que el padre se irrite y lance reproches de falta de “paciencia” o de “firmeza” o “autoridad”. El infantil sujeto impone sus condiciones, se ve rodeado de juguetes, enciende la televisión, le hacen promesas y se manifiesta un estado de alta tensión familiar alrededor de la alimentación del niño.
No es raro que el inapetente reciba vitaminas, extractos digestivos, suplementos de calcio y de hierro, sin establecer si el niño tenía una falta de vitaminas o una anemia. Los padres exigen: “Algo que le abra el apetito a su niño”; casi como una fórmula mágica; la gente gasta mucho tiempo en producir sus problemas y después, quieren arreglarlos rápidamente, sin mirar lo que está pasando o revisar sus implicaciones. Se ha llegado así, a prescripciones tan dispares como llevarlo al campo a que corra y se canse; no darle de comer o a intervenciones quirúrgicas como una extirpación de amígdalas o del apéndice. En general, se trata de salidas aplicadas al niño, que es solamente el elemento expresivo de un proceso general que abarca a más personas.

¿Cuál es ese proceso? Dentro de un abanico de variantes individuales, el acto de comer es la culminación de un estado de las relaciones con el niño y su lugar en la economía emocional del grupo. Es el aspecto agudo de una situación crónica; entre el niño y su familia hay una trama afectiva, inconsciente, que altera la operatividad familiar.

El niño rechaza una pauta cultural y el medio se empeña en imponérsela; el resultado puede ser que la situación se enquiste y el apetito no vuelva a funcionar regular y amorosamente. Es frecuente encontrar dificultades insalvables,- que necesitan ayuda específica-, en el ánimo de la madre o del padre o de ambos, que sin saberlo pueden llegar a temer que el chico se les muera de hambre, por absurdo que parezca esto a la conciencia. Muchas madres ansiosas, que van penando por la delgadez de su hijo, se asombrarían de que tal temor estuviera encubriendo, un rechazo a su hijo y una fantasía inconsciente de que el niño deje de fastidiarlos para siempre. Como ejemplo de estas tendencias, hay frases de uso común: “Si no comes te vas a quedar enano”; “Si no comes no te quiero más”; “Eres un niño muy malo” “Si no comes las verduras se te caerán los dientes”; “Ya verás cuando venga tu padre”. Formas verbales que bien miradas, son una advertencia y también una amenaza, una expresión de deseos inconfesables de los adultos.

La inapetencia del niño en relación al alimento, nunca es un hecho aislado de su evolución. Si indagamos en la historia familiar, podremos decir: no hay un solo niño inapetente que sea irregular solamente con el apetito; casi todas las relaciones entre los miembros del grupo familiar están alteradas. Puede suceder que el niño duerma con los padres cuando ya no debería hacerlo; tiene rabietas y crisis de negativismo; suele tener problemas para jugar con otros niños; no acepta pautas e impone su capricho, también a la hora de comer.

En realidad, lo que el niño rehúsa no es la comida sino el papel que se le ha asignado como hijo y su ubicación en los afectos del grupo familiar. Muchos de los problemas con la alimentación en los adultos (ascos, alergias, crisis de glotonería que pueden llevar a la obesidad, inapetencia, anorexia y otras situaciones) son historias infantiles que han permanecido en el tiempo y son restos en el adulto de enfermedades de la familia en que creció.

 

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Comments (1)

  • ivonne Duran

    Y entonces? Toda la familia a terapia?como trascender esas pautas?
    como darle al niño el lugar q ocupa al menos el q le corresponde desde la consciencia: q los nenes sientan q son amados y q son importantes. Gracias.

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