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Psicoanálisis y Educación: CLÍNICA DE LA PAREJA

 

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Por: Jaime Icho Kozak

Una descripción clásica de pareja, con un proyecto de transformarse en una familia, supone que habrá un padre y una madre y que un niño en ese grupo, se desarrollará y crecerá, recibirá protección y enseñanzas de ambos progenitores.
Una visión más amplia y actual debe tener en cuenta los cambios sociales, que acompañan a la necesidad de trabajar de la mujer de clase media. Entonces, es importante redefinir la “pareja”, en términos que no necesariamente coinciden con la versión de una pareja matrimonial, como una unión de dos personas con un proyecto en común. Digamos pues, que una pareja, es una entidad peculiar, autónoma y específicamente diferenciada que es más que la suma de sus integrantes.

Se supone que se perfilan dentro de la familia, funciones paternas y maternas, es decir, masculinas y femeninas. Sin embargo, en la realidad clínica contemporánea, ya no cabe una concepción genérica porque se encuentran muchas y variadas formas de familia y de pareja.

Cada pareja, es una entidad psíquica y social inédita, lo que nos lleva a plantear que deben establecerse en cada caso, los principios y cánones de su funcionamiento y actuación. Y por esas cuestiones, corresponde revisar la determinación de no repetir lo visto y aprendido en los hogares de origen. Está claro, que al venir cada uno de procedencia diferente, el resultado ha de ser una no una mezcla sino una combinación, por usar una analogía química elemental.
Muchas uniones familiares, fracasan por el empeño de uno de ellos al querer imponer al otro las reglas y hábitos de su casa de niño, sin darse cuenta que de pretenderlo así, se sustituye la tarea fundamental de construir una nueva historia, por la pretensión de rehacer un recuerdo de la niñez.

El destino de una pareja se juega muchas veces, en plantearse ante diferentes situaciones( la llegada de un hijo, un cambio de domicilio, uso del tiempo no laborable etc), en qué medida lo que se resuelve conviene a la “familia”( una noción a veces vaga y amplia) o cuanto favorece a la pareja, como conjunto autónomo y diferenciado. En éste último caso, la formación de los hijos y el desarrollo de la nueva estructura se vería notablemente favorecida.

Antiguamente, el embarazo era pensado como un resultado, más o menos inevitable de las relaciones genitales y, en consecuencia, aparentemente algo en cierto modo impuesto a la mujer.
En la actualidad las cosas han cambiado, y las parejas están en condiciones y disposición de planificar el pasaje a la situación de convertirse en familia, eligiendo el momento más conveniente. La llegada del hijo, resulta así una producción del deseo y la decisión de ambos, contribuyendo a afianzar el vínculo, el pacto de amor. En dicha encrucijada se suele comenzar a hablar del hijo, como un ser futuro y se dice que “la mujer” tendrá un chico, que se espera un bebé.

Se podría señalar, que hablar de esa manera parece que supondría que traer niños al mundo fuese solamente una labor femenina. En realidad, desde el primer momento de la concepción, diría que desde las primeras conversaciones, el hijo está presente y, todo será distinto en el futuro, los sueños, los proyectos y hasta el entorno físico en el que desarrollan la convivencia. Se trata de una realidad que afecta a la pareja en su conjunto.
Toda la clínica de la pareja está en plena construcción; sólo pueden anotarse seriamente algunas asociaciones, comienzos y numerosos atisbos. Surge, como señalamos anteriormente, la revalorización de la función del padre que aparece como operante y necesario desde el primer momento y, con total implicación en el proceso del embarazo y de cada uno de los tramos del parto, la lactancia, entrada en la infancia y etapas siguientes.

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