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PSICOANÁLISIS Y EDUCACIÓN: ¿Cuándo deben dormir solos los hijos?

 

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Por: Jaime Icho Kozak

El ritmo en el dormir, es un hábito que no depende solamente de pautas culturales, influyen en él factores de maduración neurovegetativa y características personales. Cuando un niño nace, la pareja que pasa a ser una familia, tiene unas costumbres del sueño más o menos fijas, de descanso nocturno y vigilia diurna.  En general, desde el comienzo el niño-cualquiera sea su propio ritmo de sueño- deberá a los pocos meses adaptarse a una pauta básica: con contar durante la noche con la atención y la compañía de los adultos.

En los primeros tiempos se suele poner al niño o a la niña en la habitación de los padres, para atenderlo con mayor comodidad, precisamente por las noches. Se trata, claro está, de una estadía provisoria y lo fundamental, es entender que los hijos deben ir aprendiendo a dormir y permanecer dormidos, a despertar y mantenerse despiertos.

Este aprendizaje, regulado por factores de maduración emocionales, tiene en la práctica sus altibajos. Tenemos entonces al niño o niña en la habitación de los padres, con el transcurrir de las semanas, los meses, el niño va adquiriendo una individualidad propia y diferente. Es aconsejable, tener la precaución de que se vaya familiarizando con el que va a ser su espacio privado, y así paulatinamente  llevarlo a su habitación, porque si nos demoramos más allá del tercero, cuarto o quinto mes de vida, el niño es probable que oponga fuertes resistencias para alejarse, y podría establecer una serie de técnicas para reclamar para sí a su madre durante la  noche.

Los recursos pueden ser variados, como ser exigir que se le tenga de la mano hasta que se duerma y mientras duerme o intentar pasarse a la cama de la madre con cualquier excusa o que  se recueste con él, que lo hagan dormir en brazos o también, presentando las situaciones típicas, que tienen la estricta cualidad de presentarse por las noches: quejarse por el frío para que acudan a darle abrigo, o manifestar miedos para que lo acompañen.

Cuando la situación es más inconsciente, es decir, que no se puede expresar abiertamente, pueden aparecer ataques de tos rebelde, fatiga respiratoria, vómitos bruscos, sonambulismo, enuresis nocturna y otros síntomas.

La educación resulta también de un “como” y de un conjunto de elementos que, en el caso de las familias se produce en su funcionalidad y en relación a los hijos, se divide en una serie de aspectos singulares que se denominan: educación de hábitos.

La familia organiza para el hijo un sistema de costumbres concretas y funcionales: comida, sueño, prácticas higiénicas y modos de reacción a las experiencias y estímulos que le darán un modo de ser, forjado en lo que se llama la “corriente de opinión” de los que le rodean: llorón, quejoso, alegre, tranquilo, desconfiado,  decidido o nervioso.

Antes del año el sueño y la vigilia, se muestran poco definidos y no siempre que el niño está con los ojos cerrados está estrictamente durmiendo: pasa ratos de semisueño y aparente embotamiento.

También, quiero destacar, los efectos benéficos, físicos y afectivos, de la práctica clásica de hacer dormir al niño durante el primer año acunándolo o cantándole, ejercicio que tiene múltiples ventajas emocionales en la relación madre-hijo y como decimos, en la aceptación de la separación nocturna.

Tanto la madre como el hijo o hija, se gratifican mutuamente en la situación y, sin embargo, por el crecimiento ésta costumbre deberá ser poco a poco abandonada, cuando el niño debe aprender a comer y a dormir solo.

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