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TE REGALO UN SUEÑO

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Texto y fotos: Alejandro Gómez García

“Te regalo un sueño”. Eso fue exactamente lo que ella me dijo, al entrar al autobús, hace aproximadamente unos dos años -dije al guitarrista de mi grupo.

-¿Es guapa?. –preguntó el bajista.

-Sí, y muy inteligente – remarqué.

-¿Y qué hace? ¿Estudia? -preguntó a su vez el cantante del grupo.

-No sé si estudia o trabaja, si tiene hermanos o donde vive; nunca me quiere contestar a ese tipo de preguntas. Aparece por un camino que da al bosque, detrás de la parada del autobús, como si fuera un fantasma. Es como si no existiera, sólo conozco sus sueños, nada más.

-Olvídala –interrumpió el cantante-. Ese tipo de mujeres trae muchos problemas. Hazme caso…

-¡Buh!

Ahí está, me dije.

Como cada lunes a las 7:05, Ana aparecía por detrás de la marquesina de la parada del autobús, dándome un susto. Tiraba su cigarrillo al suelo, lo pisaba y me echaba a la cara la última bocanada de humo para fastidiarme.

-Eh, ¿qué tal el fin de semana? -me preguntó.
-Bien. Fui al local de ensayo el sábado; ah, estuvimos hablando de ti -le dije mientras le sonreía-. Y el domingo en casa, haciendo el vago. ¿Y tú? ¿Qué hiciste?

-¿De mí?-se rió-. Yo, nada; por ahí –me contestó, mientras se hacia una coleta.

Una vez dentro del autobús, y como hacía cada mañana de lunes, después de dos años coincidiendo a la misma hora y en el mismo autobús, Ana se disponía a contarme su mejor sueño del fin de semana.

-Hoy tengo uno de los buenos –me dijo.

-Venga, dispara, -inquirí.

-Bueno, empiezo: voy por una carretera conduciendo un coche, cuando, de repente, un autobús se sale de una curva y me aplasta. Al instante, todo está negro, no escucho nada. Intento tocar mi cuerpo y ni siquiera siento mis manos, es como si sólo pudiera pensar. De pronto, de alguna forma, escucho una voz que me dice “ Soy Dios. Estás muerta; bienvenida a la eternidad”. Intento hablar con esa voz, diciéndole que por favor me saque de allí, que me ayude, que qué me pasa. Pero todo es en balde; se ha ido. Es entonces cuando me invade una sensación de agobio, al pensar que voy a tener que estar eternamente pensando, sin ver nada, sin hablar con nadie, sin oler o tocar… “Dios mío” –pienso- “sácame de aquí, hazme desaparecer, no quiero pensar eternamente, esto es una tortura, esto es el infierno”. Intento mantener la calma, pero de nada sirve; vuelve el pánico, el miedo… Intento despertar, diciéndome que es un sueño. Pero es inútil; sigo atrapada en la nada.

-Por favor… ¡Que agobio!- interrumpí-. Perdona, continúa.

-Es entonces, cuando me doy cuenta de que tendré eternamente la sensación más terrorífica del mundo. Trato de luchar desesperada, aterrorizada, inútilmente contra un pensamiento que me desgarra por dentro, una y otra vez: desaparecer, morir. Así continuo un buen rato, hasta que me invade una idea liberadora: estoy sintiendo; me doy cuenta de que no soy sólo pensamiento. Empiezo a relajarme, a calmarme, aflorando en mí una sensación de sosiego que no quiero que se vaya. Poco a poco empiezo a sentirme mejor, más tranquila. “No pienses; sólo siente. Todo está bien”, me digo a mí misma. “Soy sentimiento”, me repito, “y me siento bien; elijo estar bien”. Entonces empieza a brotar en mí una paz interior que se extiende como una sensación de felicidad, cada vez más y más grande, hasta el punto de poder llegar a sentir como se expande hasta el infinito. “Esto es maravilloso”, pienso, “es la sensación más hermosa que he tenido en la vida; esto es el cielo. Ya no tengo miedo a la eternidad”. Y ya; se acabó. En ese momento sonó el despertador. ¿Te ha gustado?- me sonrió burlonamente.

-Estás chalada, Ana, de verdad. Pero sí, me gustó mucho. ¡Te lo compro! -le dije.

-¡Jaja! No; este también te lo regalo.

El resto del camino lo pasamos comentando el sueño. Llegamos a nuestra parada, nos bajamos del autobús, y en vez de despedirnos con un gesto de manos, como de costumbre, ella me dio un beso en la mejilla, para luego quedarse mirándome fijamente, como si quisiera contarme algo. Pero se fue sin decir nada.

Estuve el resto del día absorto y bastante confundido. “Algo no va bien”, pensé.

A las 7:05 de la mañana siguiente no apareció. Me invadió una sensación inexplicable, y en ese mismo instante tuve la certeza de que no volvería a verla nunca más.

Los días sucesivos, seguí esperándola. Pregunté a los conductores de los autobuses si la habían visto; nadie sabía nada. Era como si se hubiera esfumado. Finalmente, llegué a pensar que, durante esos dos años, aquellos sueños habían sido en realidad los míos.

Desde entonces, cada mañana mientras espero el autobús, no deja de asaltarme la misma duda: ¿Existió realmente?

Me pregunto dónde llevará el camino que se adentra en el bosque…

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