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Hacer teología hoy, también para mañana

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Por: Daniel Walter Lencinas Cautela

Podemos decir algo sobre Dios. Es posible porque Dios nos habló primero. Él es la Palabra viva y eficaz, cuyo eco resuena en los confines del universo. No ha existido, no existe, ni existirá lo que no haya sido dicho en esa Palabra. Toda palabra humana, sea de adhesión o rechazo, es respuesta a esa palabra que regala el ser, la existencia, el origen y la meta.
Hacer teología hoy y, como ayer, mañana, es hacer espacio a la Palabra para que sea dada a luz en lo concreto del mundo, de la historia, de la vida nuestra. Decir algo de Dios es sólo posible si nos hemos dejado tomar por su iniciativa amorosa que, viniendo a nuestro encuentro, suscita nuevas palabras. Hacer teología es decir palabras de y desde la Palabra.

Hablar de Dios desde el silencio…
No por obvio podemos decir que está sobreentendido: La teología nace en la experiencia de Dios y no en una simple reflexión y discurso que gira sobre sí mismo. Y la experiencia de Dios  acontece en el silencio. No en el silencio del que calla para enredarse en sus pensamientos; no en el silencio del que no tiene nada que decir. La teología se hace posible en el silencio de la escucha, en el silencio activo que se deja fecundar por una palabra que vive en el horizonte de lo Eterno. Es el silencio del que comprende que lo que ha de decir y anunciar, que lo que ha de pensar y expresar es en sí mismo Inefable, Inexpresable. No se trata de aquello que no podemos decir porque no sabemos de qué hablamos, ni de aquello para lo cual no encontramos las palabras adecuadas. Lo Inefable es acogido como experiencia que cambia nuestra vida y nos hace caer de rodillas en la presencia de la luz y en paz.

Paradojalmente ante esa palabra descubrimos la inutilidad de toda teología. La teología no será jamás algo útil, necesario, conveniente, oportuno, adecuado. En sí misma no sirve para nada. Tiene su lugar al interior de un encuentro que, porque nos descubre quiénes somos y nos salva, no podemos dejar de narrar, anunciar, vivir, gritar a los cuatro vientos. No es posible la teología fuera de ese encuentro. No es posible la teología si el encuentro no nos ha cambiado la vida. La teología sólo es posible desde el encuentro que provoque adhesión de fe y se vuelve seguimiento en la vida.
En este sentido, lo que decimos en teología, nuestra respuesta en forma de teología, ha de haber encontrado su lugar, antes que nada, en nuestro corazón, alentando nuestra inteligencia y voluntad, potenciando nuestra sensibilidad, haciendo estallar nuestra imaginación y haciéndose carne en nuestra manera de tocar, mirar, escuchar, gustar, desde lo profundo, la realidad y la vida.
Hablar esa palabra hacia los hombres de nuestro tiempo no es simplemente cumplir el mandato evangélico de anunciar las maravillas que Dios hace en nosotros, sino que es el natural desborde de quien ha sido concernido y transformado hacia lo mejor de sí mismo, en el encuentro con Dios.
La Palabra resuena y hace vibrar el cuerpo entero de Cristo en la historia de los hombres. La teología no es palabra de elegidos o iniciados, es palabra de una comunidad nacida de lo Inefable, comunidad testigo y guardiana de la palabra. Cuando la Iglesia habla de Dios sabe que debiera callar, pero, a la vez sabe, que callar de Cristo, significa hablar. La palabra fecunda de la Iglesia nacida del silencio fecundo es la predicación acerca de Cristo1 Hablar de Cristo deberá ser, necesariamente, un hablar en el silencioso espacio de la Iglesia. Hablamos de Dios desde Cristo, con Él, por Él y en Él en el silencio humilde de la comunidad sacramental que adora.

¿ Quiere hacer teología? ¿Quiere decir algo sobre Dios? ¡Haga silencio!
Vivimos aturdidos. Vivimos invadidos por tanto ruido, tanta palabra y discurso… Saber escuchar es un don que requiere de ejercicio y entrenamiento. Saber escuchar implica que algo nos sea dicho y que lo recibamos en apertura. La escucha presupone la palabra y vive de ella. Escuchar no es una actividad meramente física o fisiológica que incumbe a las posibilidades de nuestros oídos. Escuchar es realización de lo humano y actualización de nuestras posibilidades más hondas. En el escuchar vivimos y respiramos. Cuando escuchamos, escucha en nosotros todo lo que somos, lo claro y lo contradictorio, el amor y el odio, el duelo y la alegría, la posibilidad y la necesidad. Escuchar es un modo de estar despiertos, en vigilia, esperando lo Inesperado.
Y por ello mismo, el escuchar es una forma excelente de actividad. El hombre actúa su humanidad abriéndola de par en par, haciendo de ella tierra fecunda en la que se acoge y germina la Palabra. Hágase en mi tu Palabra! (Lc. 1,38)
El escuchar encuentra su verdadero espacio en el diálogo, situación fundamental del ser humano que se abre al alumbramiento del Tú. La vida humana crece y adquiere forma en el diálogo, desde el callado encuentro de la madre con el niño hasta su acontecimiento en la familia, en el ámbito del enseñar y aprender, del anuncio y la fe, del amor y la amistad. La cultura toda es acontecimiento dialógico en cuanto realización eminentemente humana.
Al escuchar corresponde el decir, como al yo corresponde el tú. Sólo cuando he escuchado y comprendido puedo decir algo, sólo cuando soy escuchado y comprendido me pueden dirigir una palabra que me diga algo.
En todo caso tenemos que tener en cuenta que cuando cambian las mediaciones en que se dice la palabra, también cambia el modo de escuchar.
Cuando la humanidad inventó la escritura hizo de la palabra algo legible y del leer una nueva forma de escuchar, Leer es como escuchar con los ojos. Decir y escuchar. Escribir y leer. La escritura cambió el modo de escuchar. La voz sin rostro que escuchamos en la radio supuso un nuevo cambio. La imagen, que respalda y ensancha la palabra en los medios audiovisuales dice de una nueva forma y requiere un nuevo modo de escucha. A cada forma de decir corresponde un modo de escuchar. Hoy comprobamos que la creciente importancia del decir y escuchar a través de algún medio lleva a perder la espontaneidad y el calor del encuentro comunicacional.
Constatamos un gran desarrollo en los planes de educación y formación en lo que respecta al aprendizaje de nuevas técnicas para hablar y comunicarse a través de nuevos medios. Hemos aprendido a decir las cosas de formas diferentes: en la conversación cara a cara, por teléfono, con un mensaje de texto, vía mail, proyectando nuestra imagen a través de una insignificante camarita de un confín a otro del planeta,… Pero este inmenso desarrollo de las posibilidades del decir no ha sido acompañado de una escuela igualmente eficiente en lo que respecta a las diferentes maneras de escuchar. Los técnicos advierten que muchas personas tienen grandes dificultades para comprender un texto sencillo. En un mundo en el que tantas voces intentan hacerse oír, corremos el riesgo de que, como resultado de la avalancha de decibeles, desaprendamos definitivamente el escuchar. Es posible que el ruido ambiente ya nos haya vuelto sordos a muchas voces y palabras. El Dios discreto, que se acompaña de la brisa de la tarde, ¿tiene aún posibilidades de hacerse oír?
Conocemos la gracia que significa encontrar quien nos escuche. Y ello porque recién en la escucha se desata y relaja la palabra en la que alguien dice algo. Recién en el silencioso espacio del buen escuchar, gana la palabra la confianza para desplegarse. ¡Cuánto necesita la palabra de esta confianza!4 La escucha atenta y generosa es la que regala coraje al decir y hace posible el milagro de la palabra que acontece, irrumpiendo desde su propio origen, y haciendo nuevas todas las cosas. El escuchar tiene la fuerza de dar a luz la palabra recibiéndola y recibiendo en ella al que habla. En la recepción, que acoge la palabra, la palabra se hace carne. Los que no reciben la palabra se privan de la vida nueva que ella hace posible. En cambio, los que saben escuchar, regalan al que tiene algo para decir la posibilidad de decirlo. El escuchar da vida y da a luz lo escuchado.
Profetas y oradores, docentes y actores, músicos y enamorados conocen la magia que vive donde se les escucha bien. Quien escucha, calla y acoge la palabra en vivo silencio y la sostiene, como el agua al nadador. Todo decir nace, no del decir, sino del escuchar.

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