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En el campo de la administración pública corresponde al fomento y organización de las escuelas una labor de singular trascendencia, indispensable en la medida en que sea buena, para el funcionamiento de una valiosa sociedad para el presente y para el futuro.
Con la cantidad extraordinaria de alumnos que hay en las escuelas, correspondiendo a cada distrito una responsabilidad muy grande, es preciso disponer de presupuestos de gastos muy altos, los cuales deben aplicarse con gran sensatez, con prudencia, con sentido técnico y con el propósito de hacer de cada alumno una persona decente en lo moral y un buen ciudadano en lo cívico.
Para realizar esa labor se necesita, indudablemente, la colaboración permanente de los padres de familia. Y en muchos casos hay que tener en cuenta que los padres de familia de las nuevas generaciones no son lo cuidadosos y disciplinados que fueron los de las anteriores. Por supuesto, hay excepciones. Es, pues, conveniente o indispensable promover entre los padres de familia ideas que correspondan a la necesidad de esa colaboración entre el hogar y la escuela. En muchos casos los padres de familia tienen que renunciar a ciertas distracciones personales para dedicarse razonablemente a orientar y vigilar a sus hijos y a respaldar la labor de buenos maestros.
Naturalmente, las autoridades de cada escuela y de cada distrito escolar tienen que tener una vigilancia adecuada y sostenida en el sentido de que cada plantel funcione normalmente y cada maestro y cada director de escuela sepa cumplir con sus obligaciones en el sentido de la formación académica y también del carácter de los alumnos. En lo que respecta al carácter, hay que tener en cuenta la necesidad de respetar y promover valores sustanciales de carácter moral en lo que atañe a la personalidad de los alumnos. Hay que incluir hasta la apariencia física de los alumnos en lo que corresponde a la formación de su carácter. No se debe exigir el lujo en el vestir, pero sí la decencia y un razonable buen gusto que no necesariamente corresponde a un código severo.
Con algo de lógica, un mínimo razonable de lógica, los maestros y los directores de las escuelas saben qué manera de vestir corresponde a buenas costumbres o al deseo de desacreditar el espíritu de una escuela formativa y la conducta general de los niños y de los adolescentes.
Y niños y adolescentes bien formados crean una juventud razonablemente prestigiosa y buena. DLA









